El pais que ya no tenga leyendas -dice el poeta- esta condenado a morir de frio. Es harto posible. Pero el pueblo que no tuviera mitos estaria ya muerto. George Dumesnil
Cuentos Cortos
El juego de Martina | El juego de Martina |
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| Escrito por Encuentos.com | ||||||||
| lunes, 24 de noviembre de 2008 | ||||||||
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El juego de Martina. Cuento infantil. Página de cuentos. Cuentos autores argentinos. Cuentos infantiles con audio. Lecturas infantiles. Escritores de literatura infantil. Tema del cuento: La separación de los padres Cuando Martina tenía ocho años, tenía una vida como la de muchos chicos. Vivía con sus papás y dos hermanitos varones menores que ella. Era buena alumna y tenía muchas amiguitas en el colegio. Su gran compinche fue siempre Valentina. Pasaban casi todas las tardes jugando, en la casa de una, o en la casa de otra y todos los días tomaban un helado juntas, sin importar el frío que hiciera. Martina tenía muchos juguetes con los que siempre jugaba, pero uno siempre fue su preferido. Se lo habían regalado sus papás cuando cumplió seis años, una especie de caja con forma de casita con cuatro muñequitos: un papá, una mamá y dos hijitos, tenía también una mesa, cuatro sillas, un sillón, un cuadrito y un perrito pequeño. Martina lo llamaba el juego de la familia y le daba un lugar de privilegio en su repisa, siempre estaba atenta a que no faltara nadie, que todo estuviera en orden y en el mismo lugar donde ella lo había dejado. Si su mamá, al limpiar, corría algún muñequito de lugar, ella se enojaba y corría inmediatamente a ponerlo donde estaba. Con el correr del tiempo, las cosas en la familia de Martina se fueron complicando, sus papás empezaron a pelear muy seguido y todos sufrían por ello. Si sus hermanitos se asustaban por esa razón, ella, como hermana mayor, los consolaba y les decía que algún día todo mejoraría. Valentina la hacía reír a pesar de todo, nunca faltaba un chiste, una golosina, un abrazo que la hiciera sentir mejor y seguía con la costumbre de invitarla un heladito y de desarmarle los juegos para que se enojara un poquito. El tiempo pasó y como la situación no mejoraba, los papás de Martina decidieron separarse. Si bien les daba mucha pena hacerlo, consideraban que era mejor tomar esa decisión que pelearse como perro y gato todos los días, y así se lo explicaron a sus tres hijitos. Por un tiempo largo no volvió a ordenarlo, su mamá había juntado todos los muñequitos pero no los había puesto exactamente en el orden que estaban antes. Martina se dio cuenta, pero no lo ordenó, no quiso. - ¡No quiero, no voy a hacerlo!. Contestó llorando Martina. -Ya no tiene sentido. Ese juego se parecía a mi familia, y mi familia se desarmó también, ya no es igual. Y el tiempo pasó, y como es lógico las cosas cambiaron y mucho. Martina seguía viviendo con su mamá y sus hermanitos, pero su papá ya no estaba con ella todos los días. Sin embargo, iba muy seguido a buscarlos al colegio. Empezaron a ir a tomar la leche juntos, a hablar solitos de cosas de las que antes no hablaban. Se dio cuenta que su papá no había dejado de ser su papá y no dejaría de serlo nunca. Ya no vivía con él, era cierto, pero cada vez que lo extrañaba lo llamaba y él a ella, y los fines de semana la llevaba a pasear y a veces a tomar helado con Valentina. De todas maneras, nada se comparaba a que todos estuviesen juntos, nada. Martina vivía ahora con tantos otros chicos, con sus papás separados. Así fue. Con el tiempo Martina pudo aceptar su nuevo modelo de familia. Entendió que si bien no vivían todos juntos, ella no había perdido a su papá y si bien no era lo que ella hubiera deseado, era su realidad y lo mejor para todos era aceptarla de la mejor manera posible. Se dio cuenta que seguía contando con sus papás, que el amor que sentían por ella y sus hermanitos, no había cambiado en absoluto, que el hecho que, como pareja no se llevaran bien, no significaba que los quisieran menos, eran cosas bien distintas. Se paró frente a la casita y sus habitantes, los ubicó como siempre, los miró un rato largo y se dio cuenta que ahora debía ordenarlo de otra manera. Y lo hizo. Sabía muy bien que ya no era lo mismo, había crecido y había entendido muchas cosas, pero lo más importante que pudo entender fue que, aunque las cosas fueran diferentes, en su corazón, cada persona ocupaba el lugar que debía y, como en su juego de la casita, todas las piezas estaban juntas y ordenadas. Como queriendo jugarle una broma le dijo a su amiga -¿Pero quién desordenó esto sin mi permiso? ¡Acá la única que te hace lío con las cosas soy yo! Dijo con una sonrisa. Fuente: http://www.encuentos.com
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