Un pueblo convertido en piedras

Las Peñas de Jilotepec, zona de belleza natural incomparable, se encuentra en el Estado de México. En tiempos prehispánicos en ese bello lugar se encontraba un pueblo de indios otomíes al que  los dioses habían privilegiado convirtiéndolo en un sitio donde nunca escaseaba la comida, el trabajo, el agua y el entretenimiento. Pero ante tanta facilidad los pobladores se corrompieron y dejaron de valorar los dones que les habían otorgado. Por lo tanto, los dioses  convirtieron al pueblo en piedra.

Pasó mucho tiempo, y se pensó a erigir otro pueblo en el mismo lugar, con personas que querían abandonar el pueblo en que vivían por no satisfacerles como deseaban. Los sabios ancianos conocían lo que había sucedido en el antiguo Peñas, y decidieron efectuar un rito para alejar el encantamiento.

Las Peñas de Jilotepec

Cuando estaban reunidos de pronto escucharon una voz venida del Más Allá que decía: -¡El más puro de los habitantes debe llevar en su espalda a una mujer hasta la capilla de su pueblo, pero nunca deberá mirarla, por ningún motivo! En ese momento, un muchacho se ofreció a llevar a cabo la tarea. Eligió a una bella mujer y se la cargó en las espaldas, dispuesto a llegar hasta la capilla.

El muchacho echó a andar, observado por las personas que se habían encaramado en las peñas del pueblo encantado para ver su caminata. Conforme iba avanzando la carga que llevaba se volvía más y más pesada, y más trabajo le costaba avanzar. Como no sabía la causa de lo que originaba tan enorme peso, el joven decidió voltear a ver. Cuando lo hizo vio una enorme serpiente que crecía a cada momento. En el mismo instante en que cruzó su mirada con la de la serpiente, la gente que observaba se convirtió en piedra, al igual que el muchacho y la serpiente.

Desde entonces ya nadie quiso intentar quitar el maleficio que pesaba sobre al pueblo desaparecido. Existe la creencia de que cada 3 de mayo por la noche, el antiguo poblado prehispánico de Las Peñas vuelve a vivir y se escuchan los ruidos de sus antiguos habitantes efectuando sus tareas cotidianas: lavar, barrer, forjar, o escuchan el agua que cae de las fuentes.

Sonia Iglesias y Cabrera

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