El Dedo

Hace tiempo vivía en un pueblo cercano a la Ciudad de Puebla, una rica y muy vieja mujer llamada Elena. No tenía hijos –pues nunca quiso casarse, a pesar de los muchos pretendientes que tuvo en su juventud, cuando era bella y esbelta-  y por lo tanto tampoco herederos. La noche de un Jueves Santo, Elena soñó la manera en la que iba a morir que no era nada tranquila, pues el Chamuco se la llevaba a los infiernos. Y decidió ir a ver a su confesor, a quien le dijo que sentía la presencia del Diablo ya muy cercana. El cura opinó que eran ideas suyas, puesto que el Demonio no existía. Pero la dama insistía en que su muerte estaba cerca y que deseaba que su fortuna se repartiera entre los pobres, para ganar la Gloria eterna. A estas palabras, don Matías, el cura, le respondió que se haría lo que ella deseaba y que a su muerte su fortuna se repartiría entre los habitantes más necesitados.

Dos semanas después, Elena moría de un fulminante ataque al corazón que no resistieron sus ochenta años. Los habitantes del pueblo sintieron sinceramente su muerte, ya que era apreciada por haber hecho construir la clínica  y varios orfelinatos que tenía el pueblo. Sin embargo, curiosamente, en su entierro solamente estuvo el cura y un acólito que lo protegía de la lluvia con un paraguas.

La sortija de esmeraldas

Uno de los enterradores se dio cuenta que la muerta llevaba en el dedo de una mano una  enorme sortija de esmeraldas de mucho valor y decidió robarla. Espero hasta la noche, y alumbrado por la luna, acudió al cementerio y abrió el ataúd. Al ver la hermosa joya el ladrón intento quitársela, pero no pudo. Entonces, decidió cortarle el dedo a la anciana, y llevárselo con todo y anillo. Así lo hizo. Cuando estaba cubriendo nuevamente la tumba con tierra, escuchó un horroroso alarido, y muerto del pánico vio la figura de Elena que lo señalaba con el dedo índice de la mano donde llevaba el anillo. Ante el horror de ver el espectro de la mujer ultrajada, el sepulturero cayó inmediatamente muerto. Así lo encontró al día siguiente el encargado del panteón, con un dedo en la mano en el que se podía ver un estupendo anillo de esmeraldas.

Sonia Iglesias y Cabrera

 

Deja tu comentario debajo