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Los sacos embrionarios. Mito cahuila.

Actualmente, existen 1,600 indios cahuilas ubicados en ocho reservaciones en California, Estados Unidos. Hasta el siglo XIX, los cahuilas habitaban la República Mexicana, y no fue sino hasta la firma del Tratado de Guadalupe-Hidalgo que pasaron a formar parte de los EEUU, cuando México perdió gran parte de su territorio.

En el principio no existía la Tierra ni el Cielo, no había nada ni nadie, sólo una densa y viva Oscuridad  interrumpida, de vez en vez, por una energía primaria que tomaba la forma de un Relámpago. Esta energía propició la creación de dos especies de sacos embrionarios, parecidos a dos huevos. Como al principio el universo era frágil, por dos veces se echaron a perder los sacos embrionarios; solamente la tercera vez tuvieron éxito y se dieron bien. Dichos sacos contenían a los dioses gemelos creadores de los indios cahuilas, quienes emergieron de los sacos poco a poco y con mucha cautela; primero surgieron las cabezas, después los hombros, las caderas, las rodillas, los tobillos y, finalmente, salieron los pies de los dos muchachos dioses. Primero fue Mukat y luego Tamaioit. Nacieron ya adultos y con la capacidad de hablar perfectamente. Mientras yacían desfallecidos por el esfuerzo de haber nacido, se oyó un zumbido muy tenue como el de una avispa… era la canción que les enviaba su madre la Oscuridad.

Los dioses gemelos representaban la dualidad universal, pues nada puede ser perfecto en el cosmos, todo está determinado por el conflicto de los contrarios. Así pues, los dioses conformaban la dualidad de todas las cosas existentes: hombre-mujer, blanco-negro, vida-muerte, amor y odio… Después de disputarse el privilegio de ser el primero en haber nacido, pues el mayorazgo otorgaba mayor poder y sabiduría, Tamaioit le dijo a Mukat: ‒¡Ya que te consideras el primero, decide que es lo que hemos de crear! Mukat hurgó dentro de su boca y saco un grillo, Shilim Shilim; un insecto llamado Papavonot, un lagarto, Takmeyatineyawet; y una persona, Whatwhatwet. Los dioses gemelos trataban de quitar la Oscuridad y de crear la luz dando vida a estas extrañas criaturas; el lagarto que era blanco y negro, trató de tragarse y empujar a la Oscuridad. Pero falló. Entonces, decidieron los hermanos que todos los animales debían empujar desde  el este a la Oscuridad; pusieron manos a la obra y apareció un poco de claridad. Sin embargo, cuando los animalitos regresaron junto a los dioses, la Oscuridad retornó. Afanosos, los dioses gemelos intentaron quitar la Oscuridad con humo, a la manera en que los chamanes quitan la enfermedad. Así pues, decidieron crear el Tabaco. Mukat tomó de su corazón tabaco negro, y Tamaioit una luz para aclararlo. Ahora que el Tabaco estaba creado debían encontrar el modo de poder fumarlo. Cada uno tomó de su corazón una sustancia: la de Mukat fue oscura y la de Tamaioit luminosa: con ellas hicieron una Pipa. Como el tubo de las Pipa no estaba agujerado, lo perforaron empleando una espina. Mukat tomó de su corazón un carbón encendido para encender la Pipa que previamente llenaron con Tabaco. De ahí que el Fuego, el Tabaco, la Pipa y el fumar sean sagrados para los cahuilas. El corazón de los dioses poseía la energía del fuego que era pura. Por eso la energía humana se centra en el corazón, pero nunca podrá ser tan grande como la de los dioses creadores.

De su interior, los dos dioses tomaron la materia para crear a los animales, los semidioses y los espíritus. En seguida, decidieron crear a las personas. Cuando Mukat hizo al ser humano mostró su sabiduría y superioridad creando gente perfecta, se tomó el tiempo necesario y la hizo con cuidado. En cambio Tamaioit  hizo a los humanos rápidamente, con movimientos torpes, y los hombres le salieron con doble cara y con extraños miembros membranosos. Cuando terminaron, se pusieron a alabar su propia creación. Tamaioit, humillado al darse cuenta de su descuidada y mal hecha obra, huyó debajo de la Tierra y causó un terrible cataclismo, que Mukat apenas pudo contener. A partir de entonces, Mukat quedó solo con sus creaciones y con lo poco que Tamaioit dejó bien hecho como el coyote y el pato. Mukat y la primera gente creada por él, vivieron en una gran casa, que dio lugar a la tradición cahuila de que el jefe de la comunidad habite en la gran casa ceremonial.

Un hecho importante de este período se relaciona con la Doncella Luna, Menily, una joven muy hermosa e inteligente que transmitió a los cahuilas muchos de sus conocimientos, como los juegos y la capacidad de curar por medio de las plantas. Además, Menily ayudó a fundar las instituciones como el matrimonio, y a establecer los roles que cada sexo debe tener dentro de él. Ella es, en realidad, la creadora de la sociedad. También les enseñó a los indios las prácticas de higiene, y cómo reír y ser feliz. Mukat la ofendió cuando pretendió hacerla su mujer, pues constituiría el rompimiento del tabú del incesto, ya que Doncella Luna era su hermana. Entonces, Doncella Luna se vio obligada a irse. Se fue por tres días, que es el tiempo en que la Luna no puede verse. Luego, apareció por el lado oeste del Cielo como la Nueva Luna, para iniciar su período mensual, que se conecta con el ciclo menstrual de las mujeres.

Mukat, aparte de ser responsable de la ofensa a la Luna, también lo fue de darle a la víbora de cascabel colmillos venenosos, y a la gente arcos y flechas con los que se mataron unos a otros. Por esas razones, el pueblo decidió que Mukat debía ser destruido envenenándolo. Esa muerte constituía una tragedia, porque con ella se interrumpía el poder seminal directo que protegía a los hombres, y la gente tendría que hacerse responsable de sí misma. Como el dios moría poco a poco, Coyote estaba constantemente al acecho, y Mukat temía que obtuviera su energía comiéndose su cuerpo. Por esta razón, el dios ordenó que alejaran a Coyote y que quemaran su cuerpo en una pira funeraria. Sin embargo, cuando Coyote vio el humo corrió, saltó encima de las cabezas de la gente y logró atrapar el corazón del dios. Así el poder espiritual de éste pasó a Coyote.

Como el dios sabía que dejaba a su pueblo a su arbitrio, antes de morir les enseñó cómo utilizar las plantas, obtener recursos minerales, y cómo cremar a sus muertos. Les dio el contenido espiritual del paquete embrionario sagrado, que fue guardado en la casa Grande y que se utiliza en la celebración anual llamada Nukil. Posteriormente, el pueblo emprendió una larga caminata por el sur de California buscando un buen lugar donde morar. Cuando lo encontraron se convirtieron en los actuales cahuilas.
                                    Sonia Iglesias y Cabrera


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Los espacios verticales del cosmos. Mito lacandón.

Mi nombre es Pedro K’in. Nací en Lacanjá Chansayab, en la selva chiapaneca, en donde vivimos los indios hach winik, los lacandones. Tengo ocho años de edad. Todos los días ayudo a mi padre en los trabajos del acahual, donde crece el maíz que nos permite sobrevivir.  Por las tardes, labramos dioses de barro para nuestros rituales y para vender a los turistas que llegan a visitar nuestra aldea. Después del trabajo, cuando el Sol empieza a ponerse, todos los chiquillos vamos con el abuelo más anciano del pueblo, para oírle relatar las historias y los mitos de nuestros antepasados. Ayer, Hatz’k’uh, Rayo de Sol, nos platicó acerca del universo y de los mundos anteriores al actual. Nos dijo que el mundo está constituido por tres espacios verticales:

En la parte media se encuentra la Tierra, donde vivimos los indios en comunidad para llevar una vida organizada socialmente. Aquí, en la Tierra, nacemos y morimos; aquí, en la Tierra, adoramos a nuestros dioses y les celebramos fiestas y rituales, porque sin ellos no subsistiríamos; aquí, en la Tierra, sembramos nuestro sagrado maíz.

En la parte baja, hacia el oeste, se encuentra el Inframundo, Yalam Lu’um, habitado por el perverso y malvado Kisin, el Dios de la Muerte y de los Terremotos, quien fuera expulsado del Cielo por querer equipararse con el Creador. Cuando Kisin se enoja  patea la ceiba central del universo y se producen terribles temblores. Al Inframundo llegan las almas de los muertos para ser juzgados por Sukunkyum; divinidad que mira fijamente a los ojos de los muertos para saber los pecados que han cometido durante su estancia en la Tierra. Si en los ojos el dios ve que el muerto cometió incesto, mintió, robó o asesinó a alguien, envía el alma a  Kisin para que lo castigue como corresponde. Sukunkyum, cuyo nombre significa Hermano Mayor de Nuestro Señor, aparte de ser uno de los dioses del Inframundo, también es el guardián del Sol. Cuando al atardecer el Sol desciende, débil y torpe, al mundo subterráneo para morir, el Hermano Mayor le alimenta y le proporciona descanso para que pueda volver a resurgir al día siguiente.

En el Inframundo también reina el dios Menzabak, dios de la lluvia, quien cuida las almas de los muertos y crea las nubes negras que traen la lluvia; por eso se le llama El Hacedor de Polvo, porque las nubes las hace con un polvo negro que entrega a sus ayudantes, los hanakak’uh, los dioses de la casa del agua, quienes con una pluma de guacamaya esparcen el polvo en las nubes, para que se ennegrezcan y brote la lluvia. Los hanakak’uh representan los rumbos sagrados: Bulha’kilutalk’in, “aguas que inundan desde donde viene el Sol”, se encuentra en el este; Ch’ik’ink ‘uh, “el dios que se come al Sol”, está en  el oeste; Xamán, vive en el norte; Nohol, en el sur; Tseltsel Xamán, mora en el noreste; y Tseltsel Nohol, en el sureste. Cuando Kisin monta en cólera, insulta a estos responsables de la lluvia y de los truenos; levanta su blanca túnica y les enseña el trasero; todos sabemos que es muy grosero e irrespetuoso. Dice Hatz’k’uh, el narrador, que aparte de los dioses principales, en el Inframundo viven otras deidades menores que cultivan las milpas  para  abastecer de alimento a las deidades.

El abuelo Hatz’k’uh nos contó que muy arriba de la Tierra se encuentra el espacio donde viven los dioses, el Ka’an, el Cielo, como le llaman ustedes los blancos. En este hermoso sitio reina el dios de todos los dioses: K’akoch, el supremo creador del mundo y del Sol, y se encuentra Akyantho’, el dios de los extranjeros y del comercio, a quien debemos la existencia de la medicina, las bebidas alcohólicas, y la enfermedad. Akyantho’ les dio la vida a los hombres blancos; vive al oriente de la selva y está casado, por segunda vez, con una mujer blanca, lo que no le impide mantener relaciones sexuales con la mujer de Hachakyum, su hermano.
Todos los dioses están acompañados de sus esposas, que son como un reflejo de ellos. Llevan el mismo nombre, pero con el prefijo –u na’il antepuesto, como por ejemplo la diosa U Na’il Hachakyum, esposa de Hachakyum, Nuestro Verdadero Señor, creador de los lacandones, y hermano de Sukunkyum. Aclaro que las diosas hembras tienen tanta importancia en nuestra religión como los dioses machos.

Es importante que mencione que el orden riguroso de estos tres niveles mantiene la armonía del universo, sin la cual toda nuestra existencia se transformaría en un absoluto y total caos. Por cierto que antes de este mundo existieron cuatro. Como los hombres no le rezaban lo suficiente a Hachakyum el dios se enfadó y, en su ira, envió a los Muchachos Rojos a la Tierra para que produjeran un viento fortísimo, así como grandes lluvias que inundaron la selva. Todos los lacandones encontraron la muerte; solamente unos cuantos, a quienes el yerno del dios ayudó a hacer un cayuco, se salvaron junto con algunos animales y plantas. Hachakyum envió un Sol nuevo cuando cesó de llover. Este astro incendió la Tierra, la secó y creó una nueva selva donde los indios se reprodujeron por segunda vez. Sin embargo, los humanos volvieron a fallar en los rezos y en los ritos que le debían hacer al Creador y, en castigo, el dios provocó un eclipse que ocasionó que los monstruos terrestres y los celestiales devoraran a los hombres. Los pocos humanos que sobrevivieron fueron llevados a Yaxchilán, y degollados en los sitios en donde los dioses vivían. El dios Ts’ibatnah,  El que Pinta la Casa, decoró las divinas moradas pintándolas con la sangre de los muertos. Entonces, Hachakyum decidió crear el cuarto Sol, fue entonces cuando las almas de los muertos recibieron la orden de despertar y volver a poblar el mundo. Actualmente vivimos en este cuarto Sol.

Todas las veces que el mundo se destruyó, el  creador, muy enojado, cubría al Sol con su túnica y los jaguares cósmicos bajaban a la selva y devoraban a los hombres. Cuando el dios se calmaba, gracias a algún miembro apaciguador de su familia, todo volvía a la normalidad: las almas de los dioses resucitaban, el dios encerraba  a los jaguares bajo la Tierra, y colocaba un nuevo Sol. Pero un día se producirá el último cataclismo llevado a cabo por el Sol y los jaguares cósmicos; sólo las plegarias a la diosa Luna podrán, tal vez, detener tal destrucción. Pero aún antes de que se produzca dicha destrucción,  los dioses ya no habitan la selva, huyeron de ella; por eso, los hombres viven sin protectores; lo que los ha llevado a aprender a morir solos, a luchar contra las enfermedades, la sequía y las inundaciones, sin el consuelo de la ayuda divina.
Sonia Iglesias y Cabrera

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El Tlalocan y el Tonatiuh Ilhuícatl

El Paraíso de Tláloc, dios de la lluvia, recibía el nombre de Tlalocan. A él arribaban las almas de las personas que habían encontrado la muerte por causas relacionadas con el agua; por ejemplo, aquéllos que habían muerto ahogados o los que sufrían de los pulmones. Las almas se convertían en diosecillos  servidores de Tláloc; recibían el nombre de ahuequetin y de ehecatotontin, dueños del agua y de los vientecillos, respectivamente. Lucían una negra y larga cabellera, y taparrabos con una franja bordada cayendo por el frente. Estos diosecitos vivían en un monte hueco del cual brotaban los ríos y los vientos que cubrían la faz de la tierra. Era el Tlalocan un sitio paradisíaco de clima perpetuamente agradable, donde se gozaba de una eterna felicidad y de placeres fuera de lo común; nunca faltaban el maíz, las calabazas, los frijoles, los chile, y los jitomates. Los niñitos que habían encontrado la muerte al ser sacrificados a los tlaloques, también iban al Tlalocan y se les concedía el privilegio de regresar a la Tierra, para asistir a la fiesta de Mixcóatl, dios de las tempestades y la cacería, y tomar parte en los rituales. Al Tlalocan también iban a morar los espíritus de todos los que habían encontrado la muerte al ser sacrificados a los dos dioses del agua y, en general, todos aquellos que en vida siguieron una conducta ejemplar, valiente y devota.

Tláloc, El Que Hace Brotar, y su esposa Chalchiuhtlicue, la de la Falda de Jade, auxiliados por sus ayudantes Ahuízotl y Ateponaztli, designaban quienes debían morir y acceder al Tlalocan. Ahuízotl era un mamífero acuático que poseía en la cola una mano con la que ahogaba a las personas que se acercaban a los ríos sin tomar las debidas precauciones. Ateponaztli  era un ave acuática tan maligna y traicionera como el Ahuízotl, ya que cumplía las mismas funciones que aquél.
Cuando las almas se convertían en ahuequetin o en ehecatotontin, su tarea principal consistía en provocar las lluvias, tormentas y granizadas, y en arrojar tremendos rayos cuando el comportamiento de las personas había sido impropio e incorrecto a los ojos de los dioses tutelares.

Al dios Tláloc se le distinguía por su máscara de anteojeras y bigote, simulados por dos serpientes que formaban un torzal en la nariz. Sus cuerpos enroscados daban vida a sus ojos y las colas de los ofidios hacían las veces de bigotes. El color de Tláloc era el azul, pues es el color de las aguas. Esta divinidad contaba con cuatro tlaloques principales que le servían de ayudantes, a la vez que simbolizaban las nubes. Cada uno estaba situado en un punto cardinal. Llevaban en las manos una vasija y un bastón. Cuando luchaban entre sí, rompían las ollas con sus bastones y entonces se producían los truenos, los rayos y la lluvia.
Chalchiuhtlicue, la amada esposa de Tláloc, era la diosa de los lagos, los ríos y los mares, a más de ser la patrona de los nacimientos. Se ataviaba con un huipil y una falda de color verde agua, pintaba su rostro con negras líneas verticales en la parte inferior, y llevaba como adornos tiras de papel de amate pintadas de azul y blanco con hule derretido. En la frente portaba una diadema con dos borlas que caían, graciosamente, a los lados de la cara. Sus fervientes adoradores eran los pescadores y los que ejercían oficios relacionados con el agua.

Al Tonatiuh Ilhuícatl, Cielo del Sol,  iban las almas de los guerreros muertos en combate, un hermoso lugar de residencia obtenido como  premio por su valentía y coraje. Asimismo, accedían al Cielo del Sol los guerreros mexicas que habían muerto en poder de sus enemigos; los sacrificados al dios Sol, y las mujeres muertas en su primer parto; a más de los magníficos pochtecas, comerciantes, que hubiesen encontrado la muerte durante una de sus tantas misiones comerciales.

Las almas de los que iban hacia el Cielo del Sol necesitaban de ochenta días de viaje. Una vez que el tiempo requerido se había cumplido, los familiares cesaban las ofrendas con los que obsequiaban para que pudiesen llegar a buen fin. Los familiares de los guerreros muertos en combate podían ya lavarse la cara y la cabeza, y  peinarse los cabellos, acciones que les estaban prohibidas debido al luto que era preciso guardar.

El Tonatiuh Ilhuicac era una hermosa y grande planicie con muchos árboles que brindaban frescura. Estaba dividido en dos partes: la occidental y la oriental. Cada mañana los guerreros muertos recibían al Sol y le acompañaban hasta el centro del Cielo. Ahí lo entregaban a las mujeres muertas en su primer parto, quienes lo transportaban en bellas andas, adornadas con plumas de quetzal, hasta el occidente, espacio sagrado donde era recibido por los seres del Mictlan. Pasados cuatro años, los guerreros se convertían en mariposas y en aves que bajaban a la Tierra para alimentarse con el néctar de las flores. Las mujeres devenían las famosas cihuapipiltin que descendían a sus antiguos hogares a buscar los malacates y telares que utilizaron en vida.

Esas temibles diosas tenían la cara tan blanca que parecía que las habían pintado con tízatl,  gis. Sus brazos y piernas también eran blancos. Peinaban sus cabellos a la manera de cuernecillos laterales; en los lóbulos de las orejas llevaban orejeras de oro; vestían huipil pintado con grecas negras, bajo el cual se asomaba la enagua de ricos y variados colores. Las cihuatetéotin, su otro nombre, descendían a la Tierra volando por los aires y se les aparecían a los niños y a los adultos para hacerles maldades y causarles enfermedades. Asimismo, tenían la facultad de entrar en los cuerpos y poseerlos. No bajaban a la Tierra todos los días del año, sino nada más en determinadas fechas en las cuales los padres les prohibían a los niños pasearse por las encrucijadas de los caminos, lugares preferidos de las diosas para hacer daño.

Los niños de pecho que no habían llegado a probar el maíz, lo que implicaba haber tenido contacto con la tierra y, por ende, con la muerte, y que desconocían el significado de la actividad sexual, al morir iban a un lugar llamado Chichihualcuauhco o Tonacacuauhtitlan, en el cual permanecían hasta que les era dado retornar para vivir una segunda vida; es decir, tenían la posibilidad de reencarnar. Mientras esperaban el momento propicio de volver a nacer, se alimentaban de árboles cuyos frutos tenían formas de mamas de las que brotaba la sagrada leche.   

Sonia Iglesias y Cabrera


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Watakame y la mujer perro. Mito huichol.

En el inicio de los tiempos todo era oscuridad en el mundo. Un buen día, desde su morada subterránea, la diosa Tate’ Yuliana’ka, la Madre Tierra, -la diosa del suelo fértil y del barro para la alfarería-, trató se levantarse del suelo y se movió cinco veces. Cuando ejecutó el primer movimiento se vio en el horizonte una lumbrecita muy pequeña; con el segundo movimiento, se vio un sol oscuro; con el tercero, se sintió una sacudida y se aclaró un poco más el mundo; con el cuarto, hubo más luz todavía y los animales nocturnos que vivían en las cavernas y bajo las piedras, se asombraron muchísimo; con el último movimiento de la Madre Tierra, es decir,  el quinto, apareció Tatewari, Dios del Fuego, a quien también se le conoce como Tai, el Sol. Se materializó en el centro de la región Wixarika, en Teakata, cuyo color es el blanco, con una luminosidad extraordinaria. Entonces, todo fue luminosidad y éxtasis de las animales de la noche.

Después de miles de años de que la luz ya había sido creada, porque el Sol ya existía en lo alto del Cielo y la Luna se veía por la noche, existió en el mundo una persona-animal que conservó la forma humana: Watakame. Este hombre joven era un campesino que se dedicaba, todos los días, a trabajar su milpa. Cada día tiraba los árboles para poder sembrar; pero, cosa extraña, a la mañana siguiente los árboles estaban en el mismo lugar. Intrigado, decidió aclarar el misterio: al quinto día de que esto sucediera, se escondió entre los arbustos, y de pronto vio aparecer del suelo a una viejita que portaba una vara en la mano. Con su vara señaló hacia los cinco puntos cardinales. Entonces, los árboles que había tirado el joven el día anterior, se levantaron. Así supo Watakame, que la diosa Takutsi Nakaawe, Nuestra Bisabuela Crecimiento, la que dio orden al cosmos, era la que responsable. Él le preguntó a la diosa por qué lo hacía, a lo que ella le respondió que era porque estaba trabajando en balde, ya que llegaría una inundación en menos de cinco días, anticipada por un viento, amargo y picoso como el chile, que le haría toser, le aconsejó que se hiciese una caja de salate con tapa, y que se llevase con él cinco granos de maíz de cada color,  cinco semillas de frijoles de diferentes colores; además, debía llevarse cinco tallos de calabaza que nutrieran al fuego, y una perrita negra. Al quinto día, el joven campesino tenía todo listo dentro de la caja, tal y cual le había dicho la diosa Takutsi Nakaawe. Acto seguido, Watakame se metió en la caja, la diosa la tapó y calafateo las grietas de la madera, para después sentarse en la caja con una guacamaya al hombro. En el tiempo indicado dio comienzo el diluvio anunciado, y la caja flotó en el agua hacia el sur durante todo un año; otro año flotó hacia el norte; otro, hacia el oeste; y, finalmente,  el cuarto año flotó hacia el este. El quinto año la caja navegó hacia arriba, y entonces el mundo se inundó. En el sexto año, el agua empezó a descender, para detenerse en una montaña que se encontraba cerca de Toapu’li, en Santa Catarina, en donde se conservó para siempre.

Cuando Watakame quitó la tapa de la caja para ver qué sucedía afuera, se dio cuenta de que todavía el agua no se quitaba por completo y que unas guacamayas y unos pericos con sus picos trataban de separar las aguas, para formar cinco mares. Fue entonces cuando todo se empezó a secar y, gracias a Tate’Yulianana’ka, la Madre Tierra, brotaron árboles y plantas. En ese momento, la diosa Takutsi Nakawe se transformó en viento. El joven se puso a trabajar y limpió los campos para poder sembrar la tierra, mientras su perrita se quedaba, pacientemente, en la casa. Cuando el joven regresaba de su trabajo, siempre encontraba tortillas preparadas para que las comiera. Como no sabía quién hacía los panes de maíz, decidió no ir a la milpa y quedarse a vigilar para esclarecer el misterio. Para su sorpresa, Watakame vio el quinto día que su  perrita se despojaba de la piel y se convertía en una bellísima mujer, que iba al ojo de agua con su guaje a acarrear agua, molía el maíz en el metate, torteaba las tortillas, y las cocía en el comal de barro. Watakame, entre asombrado y asustado,  tomó la piel de la perra y la arrojó al fuego del hogar. La mujer se puso a aullar, porque mientras la piel se quemaba a ella le ardía tremendamente todo su hermoso cuerpo. Presto, el joven le cubrió el cuerpo con maíz molido al que roció con agua de nixtamal; inmediatamente a la mujer se le calmó el ardor, y ya no necesito de la piel de perra. Había aparecido la primera mujer en la Tierra.

Watakame se casó con la bella mujer y tuvieron muchos hijos e hijas. Todo el mundo se pobló con estas personas que vivieron en las cuevas y que son los antepasados de los huicholes. Después de estos primeros hombres surgieron las personas comunes y corrientes creados en Wirikuta por Tamatz Kauyumarie, el dios Venado Azul el patrón que guía y enseña a los mara’akáme, los sacerdotes-brujos de los indios huicholes en sus peregrinaciones para buscar el sagrado peyote, el hikuli.

Sonia Iglesias y Cabrera

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El Ahuízotl, el Ateponaztli, y la Mazacóatl

La mitología de nuestros abuelos mexicas nos cuenta que los dioses del agua estaban encargados de seleccionar a las personas que al morir accederían al Tlalocan, sitio paradisíaco de la región oriental del universo, adonde llegaban los ahogados, las mujeres muertas en trabajo de parto, o aquellos que hubiesen fenecido por alguna enfermedad relacionada con el agua. Tales dioses  fueron los famosos Tláloc, Néctar de la Tierra, y su esposa Chalchiuhtlicue, la de la Falda de Jade. Para llevar a cabo su trabajo contaban con dos ayudantes malévolos -aparte de los tlaloques de rigor- llamados  Ahuízotl y Ateponaztli, cuya tarea consistía en atrapar a los elegidos de los dioses. Tratábase el primero de un mamífero acuático que poseía en la cola una mano, justamente con la que ahogaba a las personas que se metían a las aguas del lago, o que se acercaban demasiado a la orilla de riachuelos. El Ahuízotl vivía cerca del agua, en lo profundo de una gruta subacuática a la que llevaba a su presa.

Las variadas descripciones de Ahuízotl, Espina de Agua, lo presentan como una especie de perro o coyote al que le gustaba mucho la carne de los humanos y  en especial los ojos, las uñas y los dientes que les arrancaba a los desafortunados y llevaba a su hogar, para disfrutar el botín tranquilamente. En el Códice Florentino, Libro 11, se le describe como un perro pequeño y suave, brillante, resbaladizo y de color negro, sus manos y sus pies eran como las de los monos; cuando salía del agua sus mechones de pelo gris, mojados y apelmazados, parecían espinas, de donde su nombre se justifica. La leyenda cuenta que el Ahuízotl podía llorar como un niño a fin de atraer la atención de las personas que, imprudentemente, se encontraran en las orillas de los ríos y las lagunas. Las víctimas desaparecían por tres días; cuando volvían, obviamente muertas,  sólo podían ser tocadas por los sacerdotes, pues ya eran sagradas, le pertenecían a Tláloc. Los sacerdotes las sepultaban en uno de los cuatro templos dedicados al dios. El Ahuízotl era capaz de provocar remolinos en las aguas para alejar a los sapos y las ranas, sólo por el puro placer de mortificarlas y asustar a los humanos con sus poderes.

El Ahuizotl transcendió los tiempos, y he ahí que la leyenda le fascino al conquistador Hernán Cortés quien relataba al rey de España Carlos V que se les había aparecido a unos marineros mientras arreglaban una galera. El Ahuízotl sacó su cola de repente y se llevó a uno de los marineros hasta el fondo del lago. Nunca más se supo de él, a pesar de los esfuerzos que se hicieron por encontrarle.

El Ateponaztli, Tambor de Agua, hermoso pájaro acuático, debe su nombre al hecho de que cuando cantaba metía su pico en el agua y producía un sonido similar al tambor de dos tonos llamado teponaztle. Tenía la cabeza negra, las plumas y el pico de color amarillo. Vivía cerca de de los ríos y los lagos y, como su amigo el Ahuízotl, ayudaba a los dioses Tláloc y Chalchiuhtlicue a conseguir  sus víctimas mortales, para conducirlas al paraíso de los mexicas. Al Tlalocan, Lugar de Tláloc, Dios de la Lluvia, llegaban las almas de todos aquellos que habían encontrado la muerte, o habían enfermado hasta morir, por causas relacionadas con el agua. Por ejemplo, los que habían muerto ahogados, a causa de un rayo producido por una tormenta, los hidrópicos, los que sufrían de los pulmones. Su destino era convertirse en dioses y servidores de Tláloc. Recibían el nombre de ahuaque y de ehecatotontin, dueños del agua y de los vientecillos.

Por su voz gruesa que retumbaba se le llamaba también Tolcomóctli; su canto servía a los pescadores de la laguna para saber si llovería y si la lluvia sería abundante o liviana. Si cantaba toda la noche, era señal de que llovería muchísimo y habría muchos peces, en cambio si el pájaro cantaba poco, la lluvia y los peces serían escasos.

La Mazacóatl, la Serpiente Venado, animal fantástico de cuerpo de serpiente y cornezuelos de venado en la cabeza, vivía en el Mictlan, el Inframundo de donde solía ausentarse para llevar a cabo sus maldades, que no eran pocas. Esta hermosa serpiente tenía la capacidad de convertirse en mujer para poder seducir a los hombres que se acercaban demasiado a la laguna de Tenochtitlan. Una vez que había logrado su seductor propósito, les mataba despiadadamente, sin el menor remordimiento. Con las mujeres procedía de otra manera: las inducía a subirse sobre su lomo y ya que se encontraban montadas, se complacía en quemar sus entrañas, lo que les obligaba a retorcerse de dolor, razón por la cual era sumamente temida por las hembras. Se dice que su carne, blanca y suave, tenía la facultad de otorgar a los hombres gran potencia viril, aunque por supuesto era impensable llegar a comerse a la Mazacóatl, pues era imposible matarla. Debido a esta cualidad, se la consideró el símbolo por excelencia de las relaciones sexuales y, por ende, se la relacionaba con la fertilidad de la tierra.

La Mazacóatl, como muchos otros seres fantásticos, sigue viviendo aún. En el pueblo de Xoxocotla, en el estado de Morelos, existe un cerro que le llaman de la Culebra. Debe su nombre a que en tal lugar vivió una serpiente, la Mazacóatl, quien era un poderoso hechicero que tenía la capacidad de transformarse en nahual que cada temporada de lluvias reclamaba un viejo para comérselo. Ningún pueblo aledaño se negaba a dar el humano tributo, pues temían que la serpiente-de-agua-nahual enfureciera y enviara terribles precipitaciones y fuertes tormentas eléctricas que causaran estropicios y muertes en la región. Solamente un temerario joven se enfrentó a la Mazacóatl, cuando su abuelo fue escogido como víctima. En una cruenta lucha contra la serpiente-venado, salió victorioso y liberó a las comunidades de tan terrible pesadilla. Pero, ¿En verdad mató a la Mazacóatl?…

Sonia Iglesias y Cabrera

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K’acoch y la flor tsaknikté. Mito lacandón.

Antes de que el universo se formara  sólo existía un dios: K’akoch, el Supremo Creador, Padre de Todos los Dioses, único habitante de un mundo de tierra y agua. Para no sentirse tan solo, el dios creó un Sol y una Luna. Pero el Sol era muy débil, escasamente iluminaba y calentaba muy poco. Un día, el dios K’akoch decidió crear una flor: la tsaknikté. De tal flor nacieron tres dioses y sus esposas. El primero que nació fue Zukunkyum,  cuyo nombre significa El Hermano Mayor de Nuestro Señor, dios del Inframundo que juzgaba a las almas de los muertos y fungía como guardián del Sol, que se debilitaba conforme transcurría su recorrido diurno, hasta que morir al llegar al Inframundo. En el Más Allá, Zukunkyum  se encargaba de alimentarlo y de llevarlo en sus espaldas hasta el este, para que pudiera renacer. Durante el día, el dios se encargaba de cuidar a la Luna de manera similar a como lo hacía con el Sol. El segundo hermano fue Ah Kyantho, dios del comercio y de los extranjeros. Su imagen era como una extraña luz hechicera; usaba un sombrero y una pistola. Era, asimismo, el dios responsable de la medicina. El tercero en nacer fue Hach Ak Yum, Nuestro Verdadero Señor, quien hizo posible la creación de la Tierra y de los humanos. Tiempo después del triple alumbramiento, nacieron todos los demás dioses de la misma flor tsaknikté.

K’akoch creó el maíz y se lo obsequió a Hach Ak Yum, para que su esposa hiciera atole y tortillas y los dioses pudieran alimentarse. Cuando los dioses estuvieron satisfechos,   tuvieron descendencia y formaron familias con las mismas características que las humanas, salvo por el hecho de que eran inmortales. Cuando el dios K’akoch hubo llevado a término el ordenamiento del universo, dio a los dioses como morada la Tierra, Lu’um K’uh: les dio los lagos, las cavernas, las grutas, y las ruinas arqueológicas que se encuentran en la selva, para que vivieran y llevaran una vida de tranquilidad,  armonía y felicidad. Fue entonces cuando los tres hermanos sagrados decidieron visitar el mundo. En su periplo se dieron cuenta de que la Tierra no estaba bien hecha, pues le faltaba fuerza,  no era sólida. Hach Ak Yum arrojó arena sobre la tierra lodosa y con ello consiguió que se endureciera. Así pudo crear la selva, llena de plantas, animales y árboles.

Hach Ak Yum pensó que la Tierra debía estar poblada, y decidió crear a los hombres utilizando barro mezclado con arena y con granos de maíz, pues consideraba que era necesario que hubiese  personas que venerasen a los dioses. Por dientes les puso granos de dicho cereal, que reprodujo tirando piedrecillas en el suelo de la selva. Cuando terminó de modelar  las figurillas las puso recargadas en el tronco del cedro llamado K’uh Che, Árbol de Dios, y al otro día les dio vida haciendo que la savia del árbol fluyera hacia los cuerpos de los hombres. 

Kisin, uno de los dioses, quiso hacer lo mismo y, en un arranque de envidia, intento destruir las figuras para crear otras con sus propias manos. Hach Ak Yum se dio cuenta de lo sucedido y montó en cólera; despertó rápidamente a sus criaturas y  transformó a los seres hechos por Kisin en animales de madera. Kisin, siempre celoso del dios creador,  planeó matarlo para quedarse con sus creaciones. Sin embargo, nunca lo logró porque Hach Ak Yum siempre pudo salvarse ayudado por su hijo T’uub. Así por ejemplo, el dios escapó de la muerte porque al enterarse que Kisin lo iba a matar, hizo su propia imagen de palma. Kisin, confundido por el engaño del creador, le dio muerte al monigote. Enojado por este intento de asesinato, Hach Ak Yum envió a Kisin a vivir en el Metlan, el Inframundo.

Ak Na, Nuestra Madre, la esposa del dios Creador, fue la encargada de dar vida a las mujeres. La pareja creadora no creo solamente a los lacandones, sino también a otras tribus. Por ejemplo, encargaron a Ah Metzabac crear a los mexicanos, los tzeltales y los guatemaltecos. Ah Kyanto, Nuestro Auxiliar, fue el designado para  crear a los norteamericanos. Todos fabricados con barro, pero cada pueblo era de un barro diferente.

Hach Ak Yum fue muy hostigado por sus hijos, los Chak Xib, Muchachos Rojos, quienes lo amenazaban con la muerte. El dios se enojó y les condenó a vivir eternamente sobre la Tierra, en la selva, en donde viven los hombres, porque fueron groseros y se atrevieron a retarlo. Como castigo, el dios les dio atributos femeninos, lunares, y perdieron sus atributos solares que eran masculinos. Cuando los Muchachos Rojos quieren visitar a su padre  forman varios arcoíris y suben por ellos hasta el Cielo. Les gusta permanecer junto a su madre Ak Na’, pues los Muchachos Rojos simbolizan al granizo, los truenos, la tormenta, los rayos y los vientos, y su madre las aguas fecundadoras. 

Ak Na’, la Luna, Madre de todas las Madres, la engendradora universal, simbolizaba la noche, la oscuridad, y fue la  protectora de las mujeres. En su telar de cintura tejía la materia prima de la vida humana. A veces, debía preservar a los seres humanos de las repentinas cóleras que sofocaban al Creador, su esposo, o de sus deseos malsanos de destruir al mundo. En contraparte. Los dioses-esposos tuvieron muchos hijos e hijas: los primeros formaron el Linaje Solar, y las segundas, el Linaje Lunar.

Hach Ak Yum, Nuestro Verdadero Señor, creador de la selva, el Sol y de los humanos vivía en Yaxchilán, lugar que se encontraba en la Tierra. Pero un día decidió irse a vivir al Cielo y se fue con toda su familia. Desde entonces, Yaxchilán se convirtió en un espacio sagrado, en donde por medio de la celebración de ritos, se logra la comunicación con el dios. Yaxchilán es el centro del mundo en el cual existe una ceiba sagrada, cuya copa llega al Cielo y cuyas raíces conducen al Inframundo. Tal árbol recibe el nombre de Yaax Che; es decir, el Árbol Verde, encargado de sostener al mundo. Alimenta y hospeda a los que no tienen padres. Dicha ceiba simboliza la fecundidad y la fertilidad. A más de este árbol central, la Tierra se encuentra sostenida por otras cuatro ceibas situadas en cada uno de los puntos cardinales. Estas direcciones sagradas  tienen su color y su significado: el este es rojo: sangre y vida; el oeste es negro: muerte; el norte  es blanco: el cenit; y el sur es amarillo: la medianoche. El mito aún vive.
                               
Sonia iglesias y Cabrera 

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Xipe Tótec, Nuestro Señor el Desollado

Yo soy Xipe Tótec, El Desollado, habito en el espacio sagrado del Este, en la región donde todos los días nace Tonatiuh, el omnipresente Sol. Yo, el Bebedor Nocturno, simbolizo la parte masculina del universo, la juventud, y la aurora. Soy la representación de la fertilidad, y el patrono de los orfebres. Como soy de condición magnánima, un día decidí quitarme la piel de mi divino cuerpo -símbolo de la cascarilla que recubre la semilla del maíz  que se pierde antes de geminar-, para hacer brotar el maíz y alimentar a los hombres de mi raza, mis fieles súbditos. Quitarme la piel fue un gesto de infinita bondad, desde entonces se me conoce con el nombre de Xipe Tótec, Nuestro Señor el Desollado. Por esta razón  cubro mi cuerpo con una piel recién desollada, connotación de  fertilidad y de  nueva vegetación que nace en la primavera. Es mi vestimenta del renacimiento de la naturaleza, del eterno ciclo de vida, muerte y resurrección del que nadie escapa, solamente nosotros, los dioses, que seguiremos viviendo por la eternidad.

Nací muchos siglos atrás. Mis padres fueron los dioses creadores Ometecuhtli, Dos Señor, ‒la esencia masculina de la creación‒ y Omecíhuatl, Dos Mujer, su contraparte femenina; dioses de la dualidad universal integrados en el poderoso dios Ometéotl. Pero no fui el único hijo, pues tuve cuatro divinos hermanos concebidos cuando en el universo solamente existía el Cielo y nada más. Tuve la gloria de ser el primogénito. Yo soy el Tlatlauhqui-Tezcatlipoca, el Rojo, el Desollado. El segundo hijo fue Yayauhqui-Tezcatlipoca, el Negro, conocido como Tezcatlipoca a secas. A Iztauhqui-Tezcatlipoca correspondió ser el tercer hijo, su color fue el Blanco y pasó a la fama por ser nada menos que el esperado Quetzalcóatl. El cuarto hijo recibió el nombre de Imitéotl-Inaquizcóatl-Tezcatlipoca, el Azul, transformado en Huitzilopochtli, a quienes los aguerridos mexicas adoran como la deidad más importante de su trayectoria trashumante. Desde nuestro nacimiento nos dedicamos a no hacer nada, a gozar del Cielo en que vivíamos. Sin embargo, pasados seiscientos años, un buen día decidimos que había llegado la hora de dar inicio a la Creación. Nos reunimos en el centro de nuestros cuatro espacios cósmicos, en Teotihuacan, a fin de discutir la estructura del mundo, las leyes y las normas que debían regir a los hombres, tanto en el plano vertical como en el horizontal. Cada uno de nosotros tomó su rumbo y asumió sus funciones que se volvieron leyendas, pues me enorgullezco en decir que fuimos los creadores de los Cinco Soles.

Una vez concluida la Creación, Yo, Xipe Tótec, devine para los mortales Nuestro Señor el Desollado, y fui adorado por muchas naciones de indios en mis diferentes advocaciones. Debido a ello tuve muchos nombres: Tezcatlipoca Rojo, o lo que es igual, Espejo Humeante Rojo; Xipe Tótec, el nombre con el que mejor me identifico; el Bebedor Nocturno, Camaxtli, El que tiene Taparrabos y Calzado; y Mixcóatl, Serpiente de Nubes. Como Camaxtli me adoraron los tlaxcaltecas y los huexotzincas, quienes me convirtieron en dios de la caza, la guerra, la esperanza y el fuego, y me dedicaban una gran fiesta en el decimo cuarto mes llamado Quecholli. Poco después tomé el nombre de Mixcóatl y me convertí en dios de las tempestades, la guerra y la cacería.

Los hombres me veneraron en piedra y en barro. En una de mis tantas representaciones me vistieron con mi famosa piel humana desollada que me cubría todo el cuerpo; bajo esta piel me colocaron una falda de hojas de zapote y muchos cascabeles de oro macizo. Mi cabeza la tocaron con hermosas plumas de quetzal y con una corona puntiaguda de colores y borlas con listones que me caían por la espalda. Mi cara la decoraron con pintura facial de índole simbólica, y a mis labios los llenaron  del sagrado hule derretido. En mis lóbulos perforados colocaron bellas orejeras de oro macizo, y completaron mi atuendo con un escudo decorado con círculos concéntricos, más una larga vara con una sonaja en uno de sus extremos. Tal como siglos después constataría un famoso cronista de los blancos vencedores.

Como es de suponer, siendo  uno de los cuatro dioses fundamentales de la Creación, yo, Xipe Tótec, el jaguar que devora, exigí de mis fieles mexicas una fiesta en la cual se exaltaran mis cualidades, me alimentaran de corazones humanos y sangre, y alegraran mis ojos con bellas danzas y mis oídos con cantares acompañados de música. Los sacrificios que me dedicaron se realizaban el segundo mes del año llamado Tlacaxipehualiztli, Desollamiento de Hombres. Aunque más complicada de lo que relataré, la fiesta se iniciaba con un juego ritual en el cual se formaban dos bandos: uno de ellos estaba integrado por jóvenes vestidos con pieles desolladas de hombres sacrificados especialmente para la fiesta; el otro bando lo integraban valientes y belicosos guerreros Águila y Jaguar. Ambos bandos entraban en combate y corrían de un lado a otro peleando y luchando. Cuando el juego terminaba, los hombres vestidos imitando mi atuendo, se iban por la ciudad y pedían en las casas que les diesen alguna limosna en mi nombre, ¡Vaya vergüenza que me hacían pasar! Se les introducía en las casas, se les ofrecían asientos de hojas de zapote, y se les colocaba al cuello sartas de elotes y de diversas y fragantes flores; se les daba de beber octli blanco y, si en la casa en cuestión había mujeres enfermas, colocaban altares con ofrendas de comida y bebida para alagarme y tuviera a bien curarlas, pues he olvidado decir que se me atribuía ser el causante de varias enfermedades como la sarna, las llagas, las pústulas, y todos los padecimiento que suelen atacar a los ojos.

La víspera de la fiesta, y después de numerosos sacrificios con púas de maguey con las cuales sangraban varias partes de su cuerpo, los sacerdotes llevaban a los prisioneros y esclavos que iban a sacrificarme -llamados xipeme, desollados- hasta el templo de Huitzilopochtli, donde los sacrificaban sobre la piedra de sacrificios. Cada víctima era arrojada por las escaleras del templo hasta el suelo, donde era recibido por unos viejos sacerdotes nombrados cuacuacuilti, quienes llevaban el cuerpo al calpulli para desollarlo, quitarle el corazón  y el cuero cabelludo de la coronilla que se guardaba como reliquia. Las pieles así obtenidas se pintaban de amarillo y se las ponían en sus propios cuerpos. Esta especial vestimenta recibía el nombre de teocuitlaquémitl, vestidura dorada. Después de haber sido utilizadas, las pieles se arrojaban al interior de un cuarto del templo, donde se encontraba la Piedra del Sol. Tales eran las fiestas que se me dedicaban y que yo disfrutaba mientras escuchaba los cánticos que  me ofrecían en la dulce lengua náhuatl. 

Sonia Iglesias y Cabrera

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Los hijos de los árboles. Mito mixteco

En aquellos los primeros y lejanos tiempos, la Tierra se encontraba en un absoluto caos. Todo era  desorden, no existían los días ni los años, pues el tiempo flotaba en la nada. El agua y la lama lo cubrían todo; sólo había  oscuridad y tinieblas. No existían ni los animales ni las plantas. No se conocían las montañas ni las cuevas y, por supuesto, no había gente. Solamente las divinidades creadoras vivían en esa oscuridad, volando por los aires. Ahí estaban Uno Venado Serpiente de Jaguar y Uno Venado Serpiente de Puma, los dos espíritus que simbolizaban el principio dual del cosmos. Serpiente de Jaguar llegó a este caos adoptando la forma humana y haciéndose visible. Después apareció Serpiente de Puma, en forma de una mujer muy bella. Vivía esta pareja en el noveno Cielo representación dual de un dios superior y mucho más poderoso: el Dios del Centro por quien “vive todo ser viviente”.

Los dos dioses Serpiente habían nacido en un lugar llamado Stinu, muy próximo a la peña de Cawacandivi, Donde Descansa el Cielo. De esta pareja surgieron todos los dioses que integraban el panteón mixteco. Uno Venado Serpiente de Jaguar y Uno Venado Serpiente de Puma crearon a los primeros seres divinos, los ñuhu. Estos ñuhu fueron las deidades Ñuhu Tachi, Dios del Aire; Ñuhu Nde’yu, Dios de la Tierra; Ñuhu Nchikanchii, Dios del Sol y el Fuego; Ñuhu Yoo, Dios de la Luna y de las Predicciones; Ñuhu Savi (Dzahui) Dios de la Lluvia; y Ñuhu Ndoso, Dios de los Montes y los animales. Todos ellos fueron los primeros habitantes de la Tierra que ayudaron a ordenar el mundo con sus fantásticos poderes divinos, otorgados por el Ser Supremo.

En ese mundo de oscuridad inicial, los dioses-primeros-pobladores de la Tierra, vivieron muchos siglos. Hasta que un día las divinidades decidieron separar la oscuridad de la luz, lo de arriba de lo de abajo, y la tierra  del agua. Cuando Ndicahndíi, el Sol, se creó, los ñuhu se asustaron y se escondieron en las cavernas y en las barrancas, aunque fueron alcanzados por la luz del Sol y quedaron petrificados. Desde entonces, las cavernas y las barrancas fueron sagradas. Algunos de ellos son conocidos todavía con los nombres de Señores Árbol, Señor Frijolón, Señor Frijolito, y los catorce Señores Serpiente.

De una peña, la pareja Venado hizo brotar el líquido vital, para después construir sobre aquélla un hermoso palacio en el cual vivirían y en donde quedó asentada la Tierra. Dicha peña se encontraba en Apoala, palabra de origen nahua que significa “agua que destruye” o el Lugar del Nacimiento de los Linajes. Apoala se encuentra en el noroeste de la actual ciudad de Oaxaca. En la parte más alta del palacio, se encontraba un hacha de cobre con el filo hacia arriba, en donde se asentaba el Cielo. Ya establecidos en su palacio, la pareja divina tuvo dos hijos: uno se llamó Viento Nueve Serpientes, porque ese día había nacido; y al otro lo denominaron Viento Nueve Cavernas, sin duda por la misma razón. El primero, tenía la facultad de volverse águila y volar a donde su voluntad lo llevara; el segundo, podíase convertir en una serpiente con alas, y volar con tanta maestría que podía meterse por las grietas y paredes, y aun volverse invisible. Los dos pequeños dioses fueron creados con mucho cariño y, por lo tanto, eran muy felices. Con el fin de honrar a sus padres, estos hermanos elaboraron una ofrenda consistente en incensarios de barro en los cuales quemaron beleño molido. Esta fue la primera ofrenda que el mundo conoció. Al entregar la ofrenda, los dos Viento les pidieron a sus padres que crearan la luz, el Cielo, las aguas y la Tierra. Entonces, procedieron a pincharse las orejas y la lengua con astillas de pedernal, y la sangre que brotó la esparcieron con una rama de árbol de sauce, sobre todos los árboles y plantas. Los dos hermanos les rogaron a sus padres que el mundo se poblara. Los dioses accedieron y juntaron la Tierra desde abajo, para que saliera el agua que todo lo cubría. El mundo se fue poblando con los hijos de ellos, la primera generación de mixtecos.

Más tarde, los dioses padres crearon dos hermosos jardines: uno para el placer de deleitarse, y otro para que contuviera todas las cosas que fuesen indispensables para efectuar las ofrendas a los dioses. Los jardines estaban repletos de árboles, plantas y flores de suma belleza; además, había en ellos frutas de excelso sabor, y hierbas olorosas y coloridas.  Pero sucedió que llovió durante muchos días hasta que la Tierra se inundó. Muchos dioses y muchos hombres sucumbieron. Los dioses se refugiaron en las nubes, y los hombres en las profundidades de la Tierra. Con el paso del tiempo, el Sol secó la tierra y renacieron las plantas. Los dioses decidieron que la Tierra debía poblarse otra vez. Así pues, las deidades superiores: Añau Nallihui, Corazón del Mundo; Iya Nicandi, Creador de Todas las Cosas y Yoco Situayuta, Dios de la Generación, que vivían en la cueva sagrada Cahuadzandanah, crearon el Río Yutatnoho, Río de Donde Salieron los Señores, para que fecundaran las semillas de dos árboles sagrados, Yuthu-ji, que habían plantado los mismos dioses en la riberas del río, muy cerca de la cueva sagrada de los tiempos primarios. Los árboles, que al principio podían confundirse con arbustos, fueron cuidados con mucho esmero por los dioses hasta que se convirtieron en hermosos y grandes. De ellos surgieron, gracias al aliento de Yoco Situayuta, un hombre y una mujer -desnudos y friolentos por el viento y la lluvia, y deslumbrados por los relámpagos- que fueron los antepasados de esta segunda generación de mixtecos. Del apareamiento de la pareja nacieron los nobles, los sacerdotes, los guerreros y los artífices; de las hojas de los árboles surgieron los quiadachiñosa,  campesinos; los quiadabasha,  artesanos; los iyosidacosa, mercaderes; y los quiadabasha-béé, los constructores.

Cuatro Pie, conocido también como Nácxitl, hijo de esta pareja, decidió hacer un agujero en un árbol que se encontraba en las nubes para ejecutar el acto sexual. De esta unión el árbol quedó preñado y, al poco tiempo, nació El Flechador del Sol, quien habría de retar al astro rey disparándole flechas, a las que el astro respondía enviándole sus poderosos rayos solares. Un atardecer, el Sol cayó herido de muerte y su sangre tornó rojiza la tarde y, por ende, a todos los futuros atardeceres. El Flechador tuvo miedo de que el Sol renaciera y quisiese recuperar  las tierras que su asesino le había arrebatado; así pues, llevó con él a todas las personas y  les ordenó que cultivaran milpas, aunque era ya de noche. Al otro día, cuando el Sol volvió a nacer, la Tierra estaba poblada y sembrada y ya no pudo hacer nada. Entonces, los mixtecos quedaron como dueños absolutos del lugar, porque así lo quiso el dios Nácxitl.

Sonia Iglesias y Cabrera

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El Mictlan, el Inframundo mexica

Cuentan los abuelos que los mexicas llamaban Mictlan al Inframundo, al lugar donde iban las almas de los muertos. En el Mictlan reinaban el dios Mictlantecuhtli y su esposa Mictlancíhuatl. Ambas deidades llevaban máscaras hechas de cráneos humanos. El dios tenía el pelo encrespado, los ojos en forma de estrella, adornos cónicos de papel en la frente y la nuca, en las manos enarbolaba una bandera y una estola de papel amate blanco, y orejeras hechas con huesos humanos. El alimento de Mictlantecuhtli y su esposa, consistía en pies y manos crudos, pinacates (escarabajo de la peste), atole, y pus que bebían en una calota. También gustaban de comer tamales pedorros, cuyos flatos provenían de los pinacates.

Mictlantecuhtli contaba con varios fieles servidores llamados mictecah. Ellos se encargaban de recibir al Sol de manos de las mocihuaquetque -mujeres muertas en su primer parto- para conducirlo en su camino por el Inframundo cuando caía la noche en la Tierra. Los mictecah eran almas que habían adoptado la forma de alacranes y arañas, animales temidos por los mexicas ya que anunciaban fatales enfermedades.

Al Mictlan llegaban las almas de aquellos que habían tenido una muerte común y corriente como la causada por alguna enfermedad, sin distinción de rango ni fortuna, y las almas de los esclavos aunque hubiesen muerto sacrificados en la fiesta dedicada a Huitzilopochtli, Dios de la Guerra y patrono de la Ciudad de México-Tenochtitlan. Solamente los guerreros muertos en batalla, las mujeres que perdían la vida durante el trabajo de parto, y aquellos muertos a causa de una enfermedad relacionada con el agua, estaban exentos de terminar en el Mictlan.
A los difuntos se les dedicaba un largo discurso en su lecho de muerte. Una vez finalizado, se procedía a arreglar al cadáver. Estas tareas correspondías a los ancianos  sacerdotes, quienes prestos a ejecutar sus deberes, le envolvían con papeles, le ataban con sogas, y derramaban agua sobre su cabeza. Al terminar el embalsamamiento, los familiares montaban un altar doméstico para colocar la ofrenda mortuoria.

El fuego de la ofrenda al alma del difunto el camino que debía seguir para llegar al Mictlan. El aroma de las ofrendas y las oraciones de los deudos y sacerdotes, le ayudaban a fortalecerse para arribar con bien a su destino; ya que el viaje hacia el Mictlan duraba cuatro largos años. El viaje era agotador y agobiante, por eso el alma debía prepararse desde el momento mismo en que el futuro muerto entraba en agonía. Para darle fuerzas se le daba al agonizante una tonificante bebida llamada cuauhnexatolli, una especie de atole hecho con tequixquitl –la piedra mineral sazonadora- que proporcionaba fuerzas al alma. Cuando el agonizante moría y se le amortajaba y se le preparaba la ofrenda que había de llevar en su mortuorio viaje.

Consistía la ofrenda en vasos, ollas, cazuelas, contendedores de alimentos, vertederas, urnas funerarias, collares de cuentas de cristal, jadeíta, serpentina, piedras preciosas o semipreciosas, figurillas de dioses y hombres, títeres de barro articulados, sellos, maquetas de recintos sagrados y escenas de la vida cotidiana, papeles, manojos de teas, cañas de perfume, hilo flojo de algodón, hilo colorado, ropas de hombre y mujer, y muchos objetos más destinados a soportar el largo viaje de cuatro años al Mictlan. Pero sobre todo, era importantísimo llevar los obsequios para el dios Mictlantecuhtli, una vez que se hubiese llegado al más allá.
   

Un ser pequeñito e imprescindible debía ser agregado a la ofrenda mortuoria. Sin él  los muertos nunca podrían llegar a su destino. Se trataba de un perro de pelaje rojizo que llevaba atado al cuello un collar de hilo de algodón, y que respondía al nombre de Xólotl,  dios de los espíritus y señor de la Estrella de la Tarde, Venus. Sólo montado encima del can el muerto podía cruzar el río Chiconahuapan.

Antes de llegar al Mictlan, los muertos debían pasar por nueve lugares de muy difícil tránsito, los cuales se encontraban en niveles subterráneos situados hacia el lado norte de la Tierra, en los que siempre había un viento frío que arrastraba piedras y plantas espinosas. El primer nivel al que llegaba el difunto se llamaba Itzcuintlan, El Lugar de los Perros, ahí  el muerto debía cruzar el río Apanohuayan, El Pasadero del Agua, con la ayuda del perro Xólotl. El alma continuaba su camino hasta llegar a Tépetl Monamicyan, El Lugar Donde Los Cerros Se Juntan, donde dos cerros  se movían separándose uno del otro, y se cerraban continuamente para triturar al caminante en caso de no tener el suficiente cuidado. A continuación  llegaba al Itztépetl, El Cerro De Obsidiana, cubierto de pedernales filosos a los que había que sortear. Luego el difunto accedía al Itzehecáyan, El Lugar del Viento de Obsidiana, lleno de nieve con aristas muy cortantes y peligrosas. El siguiente sitio a salvar era el Pancuecuetlacáyan, El Lugar Donde Tremolan Las Banderas, en el cual ocho páramos helados cortaban al viandante con terribles y filosos pedernales. Pasado satisfactoriamente tal sitio, llegaba al Temiminalóyan, El Lugar Donde La Gente Es Flechada, pues manos invisibles lanzaban flechas al infeliz difunto. Más adelante, el difunto encontraba el Teyollocualóyan, El Lugar Donde Se Come El Corazón De La Gente, pleno de animales salvajes que abrían el pecho del muerto para comerse su corazón, sin el cual caería en un río de profundas aguas negras. Cansado ya de tan terrible viaje, el caminante llegaba al Itzmictlan Apochcalocan, El Lugar De La Muerte Por Obsidiana y Del Templo Que Humea Con Agua, donde podía cegarse con una gris neblina y perder el camino correcto. Por fin, después de hablar pasado por tantos peligros, llegaba al último lugar, al Mictlan, donde el muerto se liberaba de su alma y lograba el descanso deseado y merecido, siempre y cuando hubiera llevado las ofrendas correspondientes para agradar y honrar a Mictlantecuhtli y Mictlancíhuatl.

l Mictlan era un sitio espacioso, oscuro, del cual no se podía salir nunca más. A veces se le consideraba como un páramo infértil, yermo, donde nunca podía encenderse el fuego, pleno de dolor, sufrimiento, e insoportablemente hediondo.  En otras ocasiones se  le concebía como lugar  que se iluminaba por las noches, cuando el Sol recorría su camino por el Inframundo y en la Tierra empezaba el crepúsculo.

Sonia Iglesias y Cabrera


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Baja California Mitos Mexicanos

Coyote crea el mundo. Mito kiliwa.

En un principio no existía nada. No había Tierra ni Cielo ni nada, todo eran sombras y oscuridad. De la oscuridad surgió Coyote-Gente-Luna, dios de la sabiduría, la magia y la muerte. Divinidad lunar masculina estrechamente ligada a Topo, luminosa y amarilla como la región de donde proviene, el sur. Llegó con un gran bastón sagrado. Durante mucho tiempo aulló en la oscuridad sin que nadie lo oyera afirmar que venía de donde todo era redondo y cóncavo, como su misma casa,  que su luminosidad provenía de los pedernales que llevaba atados a las rodillas y que al caminar producían múltiples y maravillosas chispas. Lo que dijo no fue oído por nadie, porque nada existía y todo era silencio y oscuridad. Nadie oyó a la deidad del sur. Con nadie pudo compartir su luminosidad. Sintiéndose muy solo, cantó:

-¡Qué triste está aquí el Coyote!/¡El Coyote, la luz y la negrura!/ ¡La oscuridad sobrecoge!¡Aulla el Coyote-Gente-Luna!

Fue entonces cuando se soñó como el padre del mundo de los kiliwas y de todas las cosas. Tan solitario estaba que temió enfermar, así que tomó la decisión de crear al mundo. Del sitio donde se encontraba el Ombligo del Sur, tomó un buche de agua salada y escupió, todo el sur se volvió amarillo. Tomó otro buche de agua y lo escupió hacia el norte que se volvió rojo. Como le gustó tanto lo que hacía, tomó un gran buche y lo escupió hacia el oeste, como el trago fue demasiado grande la región se inundó y se formó un profundo y picado mar; la región se tiñó de negro. Tomó un pequeño buche de agua fresca del Ombligo del Sur y lo arrojó hacia el este, donde se creó un chiquito y blanco mar. Coyote-Gente-Luna había creado los cuatro rumbos del universo.

Coyote quiso poner un nombre a cada región, pero no pudo porque el mundo no tenía fondo. Por lo cual pensó que era necesario cubrir al Centro-Ombligo-de-Arriba y al Centro-Ombligo-de-Abajo. Se quitó la piel del cuerpo y la extendió sobre el Ombligo de Abajo y la Tierra ya no estuvo desfondada. Como quedó sin piel, Coyote tuvo frío; tomó los seis colores del universo inventados por él, más el color negro y se vistió con ellos. Su costado derecho se pintó de rojo y blanco, el izquierdo de amarillo y negro. La parte superior de su cuerpo se coloreó con franjas azules, la parte inferior ostentaba franjas color café. Al lado izquierdo de la cara le tiñó de verde; al derecho, de rojo y blanco. Finalmente, en su cráneo aplicó una capa de capa de ceniza.

Escupió hacia los aires para teñir de azul la oscuridad del Cielo y pisoteó la Tierra para que se endureciera, la cual cobró el color del amate. A la Tierra la llamó Ipá Mat, Tierra para la Gente Divina. Así, pudo poner nombre a cada rumbo y designarle un color. Al Ombligo de arriba le puso el nombre de Milsu, “color café”. Contento con su creación sacó hojas de tabaco de su pecho, las molió y se puso a fumar en su pipa sagrada. Se quedó dormido y el humo que salía de su pipa formó las veredas, los senderos y los caminos de la Tierra y el Cielo. Cuando Coyote se despertó y vio lo hermoso de su obra, cantó de felicidad; sin embargo se dio cuenta de que aún estaba muy solo: se arrancó el escroto, lo infló con aire de sus pulmones hasta que pudo meterse en él, y obtuvo su j’anal tai, su primer sonaja.

Poco después decidió crear el Cielo, Meltí Iipá Jalá,  cóncavo como su antigua casa amarilla para impedir que se saliesen el agua, el color, la luz y el aire. A las dos montañas hechas de tierra sagrada las llamó We y Ko-Masi, Cerro del Hombre, y Wey Ke-Masi, Cerro de los Chamanes. De sus pantorrillas formó cuatro borregos cimarrones que colocó en cuatro montañas a fin de que sostuvieran el Cielo con sus cuernos. Cada montaña estaba asociada con un color y un rumbo espacial. Como los conejos estaban solos en sus esquinas, Coyote quiso darles compañía. Fue a la casa de su abuela que era artesana y trabajaba el barro, construyó cuatro hornos y modeló un venado, un pez, una codorniz y un gato y los metió en sendos hornos. Cuando estuvieron cosidos, los llevó a las montañas, pero los animales no se llevaban bien, y Coyote decidió quedárselos y crear otros que hicieran compañía a los borregos.

Trajo barro del sur que le preparó la abuela, y en un horno gigantesco metió muchas figuras de animales: arañas, moscos, zorrillos, todo lo que se le ocurrió, y ya cocidos los llevó a las montañas. Pero sucedió lo mismo, los animalitos no congeniaron. Descorazonado, Coyote decidió crear al hombre. Hizo un nuevo horno y fue por arcilla al Valle de San Matías, la amasó con semen, y forjó cuatro figuras tan grandes que no cupieron en el horno, razón por la cual Coyote abrió un enorme hueco en la montaña, metió las figuras y procedió a incendiarla. Pasadas trece lunas, los hombres salieron y Coyote les ordenó que se fuesen a las montañas para hacerles compañía a los borregos. A cada uno de los hombres el dios le dio un nombre y una pluma roja.

El primero recibió el nombre de Sacerdote-Chamán; el segundo Cuervo-Chamán, el tercero Soldado-Chamán, y el cuarto se llamó Chamán-Gente-Común. Desgraciadamente, los hombres tampoco congeniaron con los borregos. Enojado, Coyote los regañó. Los hombres, molestos, decidieron casarse con sus primos Venado, Codorniz, Pez y Gato, para enfadar más al dios. Furioso, Coyote les preguntó a los hombres la razón de tal acción, ante su silencio Topo le dijo que se había olvidado de dar el habla a los hombres.

Se remedió tal olvido cuando Coyote enseñó la lengua kiliwa a los cuatro chamanes. Los hombres le explicaron al dios que ya habían formado una familia con sus primos. De Sacerdote-Chamán y Venado nacieron el topo, el caballo, la liebre, y el oso; de Cuervo-Chamán y Pez, surgieron la estrella de mar, el caballo de mar, y la serpiente; de Soldado-Chamán y Codorniz, el correcaminos, el águila, el cuervo y el pájaro; y de Chamán-Gente-Común y Gato, nacieron el león, el oso, la cigarra y la zorra. De estos padres hombre-animales nacieron todos los indios kiliwas.

Sonia Iglesias y Cabrera