Carmen y las canciones de cuna

En la época de la Colonia había en la Ciudad de Puebla un Alguacil Mayor llamado Juan de Mendoza y Escalante, hombre rico y honrado. Tenía una hija, Carmen, a la que decidió meter a un convento, pues don Juan era sumamente religioso y le parecía lo mejor para su hija. Carmen no estaba muy conforme, pues carecía de vocación.

Un cierto día, don Juan acudió al convento a visitar a su hija y llevó consigo a Sebastián de Torrecillas, quien quedó prendado de Carmen y empezó a hacerle la corte, a pesar de sus hábitos religiosos. Poco tiempo después, la joven correspondió a los amores del seductor, e iniciaron una relación clandestina.

A causa de tales relaciones Carmen quedó embarazada. Sumamente enojado, su padre la sacó del convento y se la llevó a casa. La encerró en una habitación durante todo el tiempo que duró el embarazo, a fin de que las personas no se enterasen del pecado cometido por su hija.

La casa de la infeliz Carmen

Una vez que el niño nació, don Juan de Mendoza tomó la decisión de arrojarlo a un río, para escapar de las habladurías y el deshonor. Ya que había cometido el terrible acto, el alguacil empezó a tener remordimientos de que lo que había hecho con el nene. Tanto se arrepintió que se le produjo un infarto fulminante que le mató.

La pobre Carmen, destrozada por haber perdido a su hijo de una manera tan cruel y de saber a su padre muerto, se volvió loca y al poco tiempo, desesperada, se suicidó. La casa donde vivían Carmen y su padre se convirtió al paso del tiempo en escuela de música. La leyenda dice que en ella se escuchan los cantos del espectro de Carmen que dirige a su hijo con el fin de encontrarlo. Son canciones de cuna tiernas y amorosas que la chica entona con su dulce voz. Su búsqueda no se detiene nunca.

Carmen deambula por toda su antigua casa y muchos de los alumnos y personas que visitan la escuela de música dicen que la han visto caminar por los salones de clase buscando a su hijo al tiempo que entona bellas canciones infantiles. Otras veces se la escucha como si jugara con un niño pequeño, y se oyen risas de contento.

Sonia Iglesias y Cabrera

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