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Los Chorros de Varal. Leyenda michoacana,

El estado de Michoacán de Ocampo cuenta con un municipio llamado Los Reyes, cuya cabecera es la localidad de Los Reyes de Salgado. La Ciudad de Los Reyes fue fundada por Cédula Real el 12 de mayo de 1594, en honor a los tres Reyes Magos;  en 1859 se le dio la categoría de “villa”, por lo que se la denominó Villa de Salgado, en memoria de José Francisco Trinidad Salgado Rentería, un valeroso insurgente. Dista la actual ciudad de  Los Reyes a 220 kilómetros  de la ciudad de Morelia.

El Municipio de los Reyes cuenta con tres zonas geográficas: la sierra, el valle y tierra caliente. En esta última zona, en Tierra Caliente, se encontraba situada la Hacienda La Mancuerna, cuya propietaria era la familia Barragán. Dicha hacienda era sumamente próspera, pues abundaba en terrenos propicios para el cultivo de caña de azúcar, mismo que desde hacía cuatro siglos se llevaba a cabo en la región. La hacienda abastecía de caña de azúcar a toda la región de Uruapan, y la azúcar elaborada se la llevaba a vender hasta la capital del estado, Morelia, donde se empleaba para la fabricación de dulces tradicionales.

Los Chorros de Varal

La familia no era nueva en la región, pues los Barragán se habían asentado en la Hacienda la Mancuerna por cuatro generaciones. La vida en la estancia era la común en las existentes en  la época: lujos y buena vida para los patrones, y pobreza y malos tratos para los peones que trabajaban en ella y a quien se debía la bonanza de los Barragán. Pero a pesar de ello, todos vivían en relativa paz y armonía. Los Barragán no tenían enemigos, y los peones eran trabajadores, tranquilos y sumisos.

El primero de los Barragán que llegó a la Hacienda la Mancuerna muchos años atrás, tuvo una nieta llamada Antonia, la cual fue hija única. Debido a esta condición, a la muerte de sus progenitores heredó toda la fortuna de la familia; así como la obligación de administrar la famosa Hacienda. Antonia era un tanto cuanto independiente, fuerte de carácter, por lo que no le gustaba recibir órdenes. Nadie la quería en el pueblo, ni los hombres la deseaban como esposa. Sin embargo, tuvo muchos amantes a los que utilizaba sexualmente, para después rechazarlos sin importar herir sus sentimientos. De uno de sus amantes que era peón de la misma estancia, la muchacha tuvo una hija, a la que puso por nombre Esmeralda. Esta hija destacaba por su belleza y por sus hermosos ojos negros. De otro amante venido de Los Reyes, nació una más de las hijas de Antonia, Rubí, cuya sonrisa cautivaba a todo aquel que la veía. De un amorío con un joven francés, Antonia concibió a Perla, bella criatura blanca como la leche y, por cierto, la más bonita de las tres hermanas. Las jóvenes no se parecían en nada, sino en que todas eran extraordinariamente bonitas, y en que las tres habían nacido con un trágico destino…

Como era lógico, las muchachitas vivían en la Hacienda la Mancuerna con su madre; nunca  había emprendido viaje alguno como no fuera para ir a la iglesia del pueblo de Los Reyes. Cuando la mayor de las hermanas, Esmeralda, llegó a la edad casadera, Antonia dispuso que irían a las ferias y a las fiestas que se realizaban en las ciudades circunvecinas, a fin de encontrarles el novio adecuado para que pudiesen contraer matrimonio. Así pues, las jóvenes viajaron muy frecuentemente a Zamora, Uruapan y Morelia. En las fiestas las tres muchachas sobresalían por su belleza y donaire de las demás jóvenes, no se perdían un solo baile, y siempre contaban con algún pretendiente dispuesto a agasajarlas. Cuando Esmeralda cumplió los dieciocho años, Antonia decidió a hacer una fiesta en la Hacienda de los Reyes, para conseguirle el joven adecuado para convertirse en su marido. A la fiesta acudieron galanes de todo Michoacán y aun de Jalisco, pues la fama de la belleza de las niñas era bien conocida en ambos estados. Todo iba muy bien, todas parecían contentas y emocionadas.

El día de la fiesta, Antonia recibió muchas peticiones de casamiento para las chicas, quienes habían causado estragos entre los jóvenes casaderos, que les habían entregado muchos pañuelos como prendas de amor. Los padres de los pretendientes y Antonia presionaban a las hermanas para que escogiesen, de entre tantos candidatos, a los tres que debían convertirse en sus maridos. Ante tanta presión, Esmeralda, Rubí, y Perla decidieron no elegir a nadie por el momento, sino pedir a la madre que les diese un poco de tiempo para seleccionar con calma al indicado. Ante esta decisión, los enamorados estaban desesperados y enfadados,  hubo incluso quien intentó robarse a Rubí. Una noche los pretendientes en el colmo de la impaciencia armaron un fuerte alboroto, con balacera,  muertos y heridos. Nadie supo quién inicio el disturbio, pero a raíz de la revuelta las hijas de Antonia desaparecieron misteriosamente.

Antonia, en un estado demencial ante la desaparición de sus queridas hijas, esa misma noche salió a buscarlas; pero nunca regresó y nadie volvió a verla jamás. Según dijeron los habitantes de Los Reyes en sus chismorreos, alguien le había dicho a Antonia que sus hijas habían sido secuestradas por un hombre que iba en un carro hacia el sur del estado. Antonia, siguiendo esta pista, inició una búsqueda que duró meses, pero que no dio ningún resultado. Triste, amargada y casi loca, la madre de las chicas regresó a la Hacienda a llorar la pérdida de sus bien amadas hijas. Tiempo después, justamente debajo de los terrenos de la hacienda de los Barragán, brotaron tres chorros de agua: era el llanto de la madre por cada una de sus desafortunadas y desaparecidas hijas.

El sitio donde brotó el agua se conoce hoy en día como Los Chorros del Varal, magnífica caída de agua de setenta metros de altura, a la que se llega descendiendo setecientas ochenta y seis gradas, y donde los turistas y lugareños suelen ir a nadar, sin sospechar que están nadando en las lágrimas de Antonia, la madre de Esmeralda, Rubí y Perla, las infelices muchachas raptadas por un desalmado pretendiente.

Sonia Iglesias y Cabrera

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