Las festividades de Año Nuevo.

Como antecedentes de las celebraciones occidentales de Año Nuevo debemos mencionar a los antiguos romanos, quienes acostumbraban obsequiar a sus amigos con platos de higos y dátiles secos; los acompañaban con miel y un ramo de laurel como símbolo del deseo de que el año venidero fuese dulce y lleno de buena fortuna. Cuando en el año de 153, los romanos empezaron a festejar el Año Nuevo el 1° de enero y dedicaron el mes al dios Jano, acostumbraban celebrarlo con bailes y danzas durante varios días, y decoraban sus casas con ramas de agrifolio (acebo) de brillantes frutos rojos, con muérdago, y otras plantas consideradas mágicas y propiciatorias. Preparaban fastuosas cenas que pueden considerarse como el antecedente de nuestra cena de Año Nuevo.

Sabemos que cuando en el siglo I a.C. los romanos invadieron a los celtas, que habitaban lo que ahora conocemos como Inglaterra, observaron que en el Año Nuevo los druidas obsequiaban a la población con ramas de muérdago, para que gozasen de prosperidad; los romanos adoptaron tal costumbre que con el paso del tiempo se desvaneció. Tiempo después, en el siglo XIII, en Inglaterra se convirtió en tradición que el pueblo ofreciera regalos a los reyes, y que los esposos de la nobleza obsequiaran a sus esposas con dinero para que adquiriesen artículos personales, pues se pensaba que ello propiciaría la prosperidad del lar. Asimismo, la chimenea debía limpiarse muy bien para recibir al año venidero decorosamente.

La celebración del Año Nuevo se ha practicado en todos los países del mundo –sea cual fuere la fecha en que inicien el conteo del año-, con modalidades y funciones tan variadas como diferentes son las culturas y las religiones que se profesan. En la Nueva España, las celebraciones del Año Nuevo iniciaron en 1545, siguiendo la costumbre española de despedir la Noche Vieja y festejar el año entrante. El 31 de diciembre es el Día de San Silvestre, quien fuera papa en la época en que el emperador Constantino declaró al cristianismo como religión oficial del Estado Romano. Según una leyenda italiana, San Silvestre libera cada año al pueblo de Poggio Catino, en la provincia italiana de Rieti, de un terrible dragón que habita en una caverna situada en las profundidades de la Tierra, y a la que se accede por medio de una escalera de 365 escalones; es decir, el mismo número como días tiene el año. Con tal acción libertaria, San Silvestre cierra, simbólicamente, las “puertas” a las religiones paganas, y “abre” con el Año Nuevo las “puertas” al cristianismo.

Del siglo XIX, contamos con un testimonio de la marquesa Calderón de la Barca que a la letra dice:
¡Año Nuevo! Se advierten manifestaciones especiales de alegría para festejar la llegada de Año Nuevo. Suenan más las campanas, se dicen más misas. Los trajes de los campesinos que por las calles discurren, tienen mayor aspecto de alegría y por las calles mismas pasa mayor número de carruajes que llevan en su interior damas mejor vestidas que de ordinario, cuando no van en traje de visita.

Por su parte, Antonio García Cubas, historiador y escritor mexicano del siglo XIX, relata que en la noche del día de San Silvestre los templos estaban pletóricos de gente que rezaba acompañada por los acordes de la música de órgano; es decir, que se efectuaban misas en este día. Todo el mundo se deseaba feliz Año Nuevo, y se intercambiaban flores y regalos que las familias pudientes enviaban con sus respectivos criados.

Actualmente, en la Ciudad de México la costumbre de regalar se ha perdido. La noche del 31 de diciembre hay  celebraciones  más profanas que religiosas; se recibe al año con luz de velas que guíe a las almas de los muertos, y para que los vivos encuentren orientación en el año que comienza. Se lleva a cabo una cena cuya minuta es similar a la de la cena de Navidad. Además, como una herencia española, cada comensal debe comer doce uvas, una por cada campanada de media noche, pide buena fortuna y formula deseos para que se cumplan durante los meses del año por venir. Con la última campanada, los abrazos y buenos deseos aparecen entre los concurrentes a la cena. Los chiquillos truenan cohetes y globos, y encienden luces de Bengala. Las personas, para las que esta fecha reviste carácter religioso, asisten a una misa de acción de gracias y bendicen doce velas que encenderán, de una en una, cada primero de mes.

Cada grupo indígena de México festeja la fecha que nos ocupa según sus tradiciones e idiosincrasia. Por ejemplo, los indios huicholes el 31 de diciembre llevan a cabo el cambio de varas; es decir, de autoridades. Cada una de las cinco comunidades que conforman el grupo huichol, tiene su gobierno tradicional e independiente. La organización política está integrada por un gobernador, un juez, un capitán, y un alguacil o alcalde. Para el relevo de autoridades los huicholes recurren a un kawitero, un sabio anciano que, ayudándose de los sueños, designa a los sucesores. Una vez elegidos los gobernantes, acuden a la cabecera municipal a oficializar los cargos. De regreso a sus comunidades, dan inicio los rituales que se prolongan por seis días. Se acostumbra sacrificar animales para comer, efectuar danzas sacras, ofrecer comida y bebida a las nuevas autoridades, mientras se ejecutan las llamadas danzas de los Matachines.

El Año Nuevo es la fiesta más importante de los kikapúes del estado de Coahuila que celebran los primeros días de febrero. Se trata de una ceremonia de renovación en la que se enciende el Fuego Nuevo, se estrena ropa, se levanta el luto a los deudos, se componen los desperfectos de las casas y, al término de la celebración, se lleva a cabo un juego ritual conocido con el nombre de lacrosse. Durante la fiesta hay danzas y cantos en los que participan hombres y mujeres. Destaca el uso de un tambor de agua con el cual se acompaña una danza especial para esta fecha. Además, se bailan las danzas de El Coyote, El Búfalo, y danzas guerreras de estirpe muy antigua.

Entre los popolucas, mixes, nahuas, huaves y zapotecos (del Istmo de Tehuantepec) los niños elaboran al “Viejo”, que será quemado a las doce de la noche para despedir el año que se acaba y recibir el que se inicia. El “Viejo” es un muñeco que los infantes elaboran con ropa y huaraches usados. Su cabeza es un coco al que se le dibuja una cara con carbón, se le pone un sombrero y un cigarro, y su cuerpo se rellena de cohetes y elotes. Cada barrio tiene su “Viejo”. Los niños, acompañados por los mayores, recorren las casas pidiendo la “limosna” (dinero o comida) en nombre del “Viejo”. El dinero que recaudan es utilizado para comprar dulces que se reparten entre ellos; la comida obtenida se distribuye entre los participantes.

Estos son unos pocos ejemplos de la enorme variedad de celebraciones de Año Nuevo que se realizan en nuestro país: México.

Sonia Iglesias y Cabrera

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