Un fraile muy bromista

Esta leyenda dio inicio debido a los hechos ocurridos en el Convento del Carmen de la Ciudad de Morelia, Michoacán. En ella se nos cuenta que en tal convento se encontraba como novicio un joven llamado Jacinto de San Ángel. Gustaba el chico de gastar bromas a sus compañeros. Siempre estaba de buen humor y dispuesto a embromar a cualquiera. Su carácter bromista le había causado problemas, pues recibía muchos castigos de sus superiores, aun cuando su vocación religiosa era innegable.

Cierto día, fray Elías de Santa Teresa se enfermó gravemente. Un sacerdote lo ungió con los santos óleos y al poco rato el religioso murió. Sus compañeros, llorando y rezando, lo colocaron en un ataúd en la Sala de Profundis, lugar en donde se acostumbraba llevar a cabo los velorios.

El ex Convento del Carmen en Morelia

Al terminar la ceremonia velatoria el padre superior ordenó a fray Jacinto de Ángel y a fray Juan de la Cruz, que se quedasen en la sala acompañando al difunto, y les permitió que tomaran una taza con chocolate en el lugar. Pero como fray Juan tenía miedo de estar con el muerto, decidió ir a la cocina a traer sus espumosas bebidas.

Cuando su compañero se alejó, fray Jacinto sacó del ataúd al difunto y le sentó en la silla que había ocupado él mismo. En seguida, se metió al féretro simulando ser el muerto. Cuando regresó fray Juan con los jarros de chocolate, le dio una a fray Jacinto y se dio cuenta que se trataba del muerto. El pobre fraile, despavorido, salió gritando de la sala. El bromista corrió tras de él para evitar que los demás se dieran cuenta de la broma y que el padre superior lo corriera del convento cansado de sus travesuras. En ese momento, mientras se escuchaban los gritos de ¡Fray Juan, fray Juan regrese por favor! que fray Jacinto lanzaba, el verdadero muerto se levantó, tomó un candelero con un cirio encendido y se puso a correr detrás de los dos frailes. Al darse cuenta los religiosos de que eran perseguidos por un muerto, ambos se tiraron de la ventana. Pero antes de que fray Jacinto se pudiese  arrojar, el muerto le apagó el cirio en el cuello.

Al siguiente día, los hermanos del convento vieron sobre la ventana el cadáver de fray Elías de Santa Teresa con un candelero en la mano y…  ¡el cuerpo de fray Jacinto con la garganta completamente quemada!

Sonia Iglesias y Cabrera

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