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Leyendas Cortas Michoacán

El jalón de pies

Huetamo, municipio del estado de Michoacán, tiene como cabecera a la ciudad de Huetamo de Núñez. Se trata de un poblado de Tierra Caliente que cuenta con 41,937 habitantes. Su cultura popular es muy rica y en ella sobresalen sus leyendas. La que a continuación relataremos tiene como protagonista a Esteban, un jovencito de quince años muy bueno y bien parecido.

Este joven vivía con su madre y sus hermanos en Huetamo, cuando una noche que se encontraba plácidamente dormido en su cama notó que le jalaban los pies y las piernas. Sintió mucho miedo porque no vio a nadie cerca de su cama, pero no le dijo nada a nadie de lo ocurrido.

A la siguiente noche, Estaban volvió a sentir que le jalaban los pies, pero tampoco dijo nada a nadie. Sin embargo, como el hecho se producía todas las noches, decidió contárselo a sus hermanos, quienes acordaron que lo mejor sería que Estaban se cambiase de cuarto. Así lo hizo, pero todo continuó igual y siguió sintiendo que le jalaban los pies. Entonces, el muchacho ya desesperado, decidió contárselo a su mamá, a fin de que lo llevara a la iglesia para pedirle consejo al sacerdote. Pero su mamá no quiso llevarlo pues no era católica, sino practicante de la magia negra. Esteban obedeció a su madre y no fue a la iglesia.La iglesia de Huetamo.

Pasaron los años y el chico seguía sintiendo que le jalaban los pies. En esas estaba cuando su mamá pasó a mejor vida. Entonces, Esteban se apresuró a ir a la iglesia del pueblo para hablar con el cura. Cuando le contó lo que le pasaba, el clérigo le dijo que no se asustara, que la próxima vez que sintiera los jalones preguntara por qué le jalaban los pies.

A la noche, cuando sintió el jalón, el joven dijo: – ¿Qué es lo que deseas de mí? ¿Por qué me jalas los pies? Entonces el ente le respondió que le diera un pañuelo rojo y que al día siguiente donde encontrara el pañuelo tirado debía escarbar porque ahí se encontraba mucho dinero, y que si lo sacaba sería suyo.

Al siguiente día, Esteban buscó el pañuelo por el terrero alrededor de su casa. Cuando lo encontró se puso a cavar como loco, hasta que encontró el famoso dinero. Se puso muy contento y quería disfrutar al máximo de esa riqueza, pero no pudo. Tantos años de tener miedo porque le jalaban los pies había minado su salud y se encontraba muy enfermó.

A los pocos días, Esteban murió sin que pudiera disfrutar del dinero encontrado. Sus hermanos se hicieron ricos y fueron ellos los que disfrutaron de una vida desahogada, y siempre le agradecieron a Esteban lo que les había dejado y al ser sobrenatural el haberle jalado los pies a su hermano, a pesar de que le costó la vida.

Como dice el dicho: “Nadie sabe para quién trabaja”

Sonia Iglesias y Cabrera

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El líder y el Aparecido

En el estado de Michoacán, hace ya algunos años, vivió un señor llamado Romualdo Juárez. Este señor era el líder de una comunidad de agricultores, los cuales le odiaban porque les trataba muy mal, siempre los ofendía y abusaba de ellos en el plano laboral; era inconsecuente y bastante corrupto. Con su comportamiento de había ganado a pulso el odio de sus compañeros jornaleros, los cuales deseaban verle muerto para librarse de él.

Como Romualdo era consciente de que nadie le tenía aprecio por las arbitrariedades que cometía siempre se hacía acompañar por dos de los campesinos que se decían amigos de él, y en los que confiaba relativamente; pues ya en varias ocasiones había sido atacado por jornaleros armados con machetes.

En una ocasión, saliendo de su lugar de trabajo se dirigió a su casa acompañado de sus guardaespaldas, pues ya la noche había avanzado. Al llegar a su hogar su esposa le comunicó que uno de sus hijos, el primogénito, estaba bastante enfermo y presentaba una fiebre muy elevada. Se hacía necesario la presencia del doctor. Pero Romualdo dudaba en salir de su casa solo, los guardaespaldas ya se habían ido y lo que temía el líder era no encontrarse con sus enemigos, sino que se le apareciera El Aparecido, que solía espantar muy cerca del rumbo donde el médico vivía.

Jornalesros  de Michoacán

Sin embargo, pudo más el amor que sentía por el niño que el miedo que le tenía al fantasma, y armándose de valor, salió y enfiló montado en su cuaco hacia donde vivía el único médico de la zona.

Cuando llegaron al sitio donde se decía que presentaba El Aparecido, el caballo de Romualdo se encabritó, se levantó en dos patas y lo tiró al suelo. Asustadísimo, el hombre se levantó como pudo y a voz en cuello gritó: ¡Hey, no sé quién eres, pero cualquiera que seas aléjate de mí! ¡No te metas conmigo!

Inmediatamente se escuchó una tenebrosa carcajada que parecía salir de ultratumba. Romualdo estaba pálido del terror y el cuerpo le temblaba sin poderlo evitar. Sin embargo, volvió a gritar con todas sus fuerzas: ¡Aléjate, espíritu del mal! ¡Soy el dueño de todo lo que ves alrededor tuyo y no te haré nada malo si te alejas inmediatamente! Volvió a escucharse la espeluznante carcajada y se escuchó una voz que nada tenía de humana que decía. ¿Acaso eres dueño de tu alma? ¡Porque es un hecho que me la voy a llevar!

En ese momento, a pesar de que Romualdo se decía ateo, empezó a rezar a Dios y a todos los santos con mucho fervor y pidiéndoles perdón por todas las malas acciones que había cometido con sus compañeros los campesinos. En ese mismo instante las carcajadas se dejaron de escuchar, ya no se oyó aquella terrible voz. Al sentir el silencio Romualdo echó a correr hasta la casa en donde se encontraba el doctor, para suplicarle que acudiese a revisar a su pequeño.

A partir de ese escalofriante día, Romualdo se convirtió al catolicismo y su mal comportamiento cambió tajantemente. Se volvió honesto y comprensivo con los problemas laborales y cotidianos de sus compañeros, nunca más los trató mal y se hizo querer de todos.

Sonia Iglesias y Cabrera

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De cómo surgió el Lago de Pátzcuaro

Hace muchos años, en el lugar que hoy ocupa el Lago de Pátzcuaro, en al actual estado de Michoacán, vivían los primeros pobladores de la región. Eran campesinos laboriosos que cultivaban sus fértiles tierras y eran muy felices, pues contaban con hermosos bosques y arroyuelos de donde obtenían el agua para sus cultivos, para calmar su sed y para asearse como es debido. Los campesinos tenían sus dioses a los que veneraban y sus gobernantes a quienes respetaban por justos y magnánimos.

Todo marchaba a la perfección, hasta que un funesto día toda la región comenzó a ponerse muy caliente, los campos se quemaron, los arroyos se secaron, la atmósfera se hizo insoportable, y las personas morían de sed y de deshidratación. Por lo tanto, animales y hombres empezaron a huir hacia el norte para no morir a causa de ese enloquecedor calor.

Cuando los hombres estaban huyendo muertos de pánico, de repente escucharon un terrible ruido que provenía del cielo, todos voltearon hacia arriba y vieron una enorme bola de fuego que se acercaba a la Tierra. Mucho más atemorizados que antes todos gritaban de pánico ante este extraño fenómeno que nunca habían visto, les rezaban a sus dioses y corrían o se echaban sobre la tierra tratando de meterse en ella para salvarse.

Los pescadores en el bello Lago de Pátzcuaro.

Al poco rato el bólido se estrelló en la superficie de la Tierra. El ruido que se produjo fue ensordecedor, se vio una luz muy brillante, se sintieron horribles temblores, los montes se sacudieron de una manera espantosa y de sus entrañas brotaron torrentes de agua por varios días que quitaron ese calor insoportable. De esta agua emanada de los montes se fue formando el Lago de Pátzcuaro, tan bello y hermoso como lo conocemos ahora.

Cuando las personas se dieron cuenta de que había terminado el mortal calor y que un hermoso lago había surgido en la región, sus miedos se calmaron y poco a poco fueron regresando a sus lares. Al ver las tierras de sembradío inundadas por las aguas del lago, se asustaron y les preguntaron a los dioses que de qué iban a vivir de ahora en adelante, a lo que los dioses respondieron que no debían preocuparse pues el sustento nunca les faltaría y que vendría de las nuevas aguas. Y efectivamente, el lago estaba lleno de pescados blancos que permitieron a los hombres no morir de hambre. La zona se convirtió en un pueblo de pescadores

El sitio donde cayó la magnífica bola de fuego se llamó Huecorio, “lugar de la caída”, y la gran bola convertida con el paso del tiempo en roca, fue nombrada La Huecorencha; es decir, “lo que cayó”.

Sonia Iglesias y Cabrera

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Otilia no tuvo «caballitos»

En el pueblo de Cuanajo, en el estado de Michoacán, vivía un matrimonio que contaba con una hija pequeña llamada Otilia. De repente la niña murió y los padres estaban desconsoladas ante tan terrible tragedia. A los cuatro meses de haber muerto Catalina, Llegó el Día de Muertos. Doña anastasia, la madre de la difuntita, le dijo a su marido, Pedro, que era necesario que preparara los tamales para los que se  iban a llevar  los Caballitos de las ofrendas de las casas en que vivían, – en este caso la pequeña difuntita- y que necesitaba leña para los fogones.

Un día antes del día de la celebración de los difuntos, Pedro se fue al cerro en busca de la madera que necesitaría su esposa para preparar los ricos tamales que Catalina colocaría en la ofrenda dedicada a su hijita. Pensaba llevar la leña a su mujer que regresar al cerro para quedarse varios días ahí, pues no le apetecía ver a tantas personas en su casa en ese día tan triste.

Pero cuando se encontraba en las proximidades del panteón, ya cerca del cerro, una gran rama le cayó encima y le dejó atrapado no permitiéndole hacer ningún movimiento para zafarse. Cansado de sus numerosos esfuerzos por salir del atolladero, se resignó a esperar que pasara alguien que le ayudase a salir del problema quitándola la rama de encima.

Pasaron el día y la tarde, ya empezaba a anochecer, cuando escuchó que un grupo de personas se acercaba hacia donde se encontraba. Escuchaba los sonidos que producían los cascos de los caballos y las voces de las personas que parecían muy felices. Se dio cuenta que la gente estaba de regreso s sus casas con los caballitos de madera plenos de flores y de frutas.

Muchas de las personas que vio llevaban hasta seis caballos, otras solamente uno dos, y algunas se conformaban con recoger las fruta que se las caía a los que iban a la delantera y lloraban tristemente. Los caballitos contienen las ofrendas que las ánimas recogen del altar el Día de Muertos. Si llevan muchos caballitos es porque sus familiares se encargaron de poner un altar llena de rica comida, flores y cirios, e implica que sus familiares los recuerdan con amor. Si llevan pocas, indica que la ofrenda no era tan rica. Y aquellos que van recogiendo lo que a las ánimas se les caen, están triste porque su familia no les puso ofrenda ni les recuerdan como debe ser, con amor.

Con tristeza y remordimiento, desde el suelo donde se encontraba atrapado Pedro vio a su hijita recogiendo frutas y llorando silenciosamente porque su madre no le había preparado ofrenda y creyendo que sus padres la habían olvidado.

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Los cerros enamorados

En la ciudad de Zamora, Michoacán, existen dos cerros muy famosos: La Beata y Patamban. La Beata se encuentra situada en el oriente de la ciudad y mide 2,520 metros de altura. De estos dos cerros se cuenta una hermosa leyenda. Hace ya muchos siglos el Cerro de Patamban, Keri Huata, se enamoró de La Beata. Pero era pobre y sin alcurnia, aunque muy bueno de corazón y trabajador. Todas las personas querían a Keri Huata y le respetaban mucho, y las mujeres, jóvenes o viejas, estaban enamoradas de él, y trataban de `provocar su interés de mil formas. Sin embargo, Keri Huata no les hacía caso a ninguna de las mujeres que le coqueteaban, pues su arrobamiento por la Beata era profundo y si amor inmovible.

Siempre estaba pensando en ella. Cuando se encontraba trabajando en el campo, miraba hacia la morada de su amada con el fin de verla, cuando lo lograba y sus miradas se encontraban era el hombre más feliz sobre la Tierra, pues comprendía que su amor era ampliamente correspondido.

Entonces, un día La Beata y Keri Huata se hicieron novios, porque la declaración del cerro de Patamban fue tan calurosa y sincera que la bella no pudo resistirle cuando él le dijo los hermosa que era y lo magnificente de la naturaleza que era su morada. Ella también lo amaba de todo corazón por su belleza natural. La Beata quedó embelesada al escuchar las palabras de su enamorado. Toda la naturaleza y los cerros aledaños estaban felices por esos amores entre dos cerros tan majestuosos y bellos, y veían con beneplácito tan rotundos quereres. Los habitantes de la zona estaban igualmente contentos ante tanto cariño de los dos cerros.

El Cerro Grande de Patamban

Para sellar su compromiso Keri Huata creó un hermoso manantial, y se lo obsequió a La Beata. Dicho manantial lleva el nombre de Lago de Camecuaro. Cuando el novio regresó a sus lares, sus amigos y los animales del bosque lo felicitaron por tener una novia tan bella y majestuosa.

El Cerro de la Marihuata, Las Tres Marías, sito frente al Cerro Keri Huata, le envió a La Beata un regalo consistente en cuatrocientos encinos, más cuatrocientos tukuses, y cuatrocientos cazahuates. Y el Cerro del Tuerto que se encuentra cerca del pueblo de Ocumicho, abrazó con efusión a su amigo Patamban, y hasta el Cerro de San Ignacio, siempre tan circunspecto y serio, le envió una sonrisa y un saludo.

Todo iba muy bien en el noviazgo, y todos comprendían que culminaría en un buen matrimonio que procreara muchos hijos.

Sin embargo, un cerro llamado Cerro Coco, chaparro, malvado y mujeriego, se puso muy celoso de tales amoríos, pues amaba a La Beata, pegó de saltos de la rabia y provocó temblores. Entonces decidió ir a ver a su tío el Popocatépetl para que lo aconsejara en lo que debía de hacer. El tío le aconsejó que la enamorara a base de darle regalos y decirle palabras amorosas. Y que incluso le escribiese poemas. Pero fracasó en su intento, pues La Beata lo rechazó rotundamente. Después de una gran pelea entre los cerros rivales, por fin los enamorados contrajeron matrimonio, y vivieron muy felices con sus hijos los cerritos. Cerro Coco ya no podía molestarlos más.

Sonia Iglesias y Cabrera

 

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El Vaso con Agua

Juan vivía en Zamora, Michoacán, y gustaba de jugar fútbol con sus amigos todas las noches hasta la una de la mañana. La cancha donde jugaban quedaba lejos, como a dos kilómetros de distancia de la casa de Juan.

Una noche, acabando de jugar regresó a su casa y le dio la una y media de la mañana por las calles. Ya casi llegando a su hogar, pasó por una mansión donde decían que se había ahorcado un muchacho, después de haber asesinado a su novia porque le había sido infiel. La conseja popular afirmaba que el tal muchacho se aparecía en forma de fantasma por las noches, pero Juan no lo creía.

Cuando el incrédulo muchacho pasó frente a la casa de marras, sintió un escalofrío terrible, pero pensó que se trataba del frío nocturno. Al dejar atrás la casa, volteó a verla y cuál no sería su sorpresa que vio flotando a un muchacho completamente vestido de blanco y que llevaba una vela en la mano derecha. Su cara era pálida y estaba desencajado, con grandes cuencas negras en los ojos. Se veía terrorífico.

Al verlo, Juan salió corriendo de puro miedo. Al llegar a su casa estaba temblando, no podía ni hablar ni menos dormir recordando la horrenda aparición.

No le contó a nadie lo que había visto, porque pensaba que el fantasma se la aparecería, y toda una semana se la pasó con pesadillas y un miedo cerval.

Cuando ya no podía más, decidió contarle a su abuela lo que había visto. Entonces, la buena viejecita le dijo que la única manera para curarse de espanto y tranquilizarse, era volver a la casa y tirar un vaso con agua.

Al otro día por la noche, Juan muy decidido pero también con mucho miedo, se dirigió a la casa maldita portando un gran vaso con agua. Al llegar lo arrojó a la puerta de la casa… Y ¡Santo remedio! Ya nunca más volvió a tener pesadillas y durmió como un bendito.

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Un fraile muy bromista

Esta leyenda dio inicio debido a los hechos ocurridos en el Convento del Carmen de la Ciudad de Morelia, Michoacán. En ella se nos cuenta que en tal convento se encontraba como novicio un joven llamado Jacinto de San Ángel. Gustaba el chico de gastar bromas a sus compañeros. Siempre estaba de buen humor y dispuesto a embromar a cualquiera. Su carácter bromista le había causado problemas, pues recibía muchos castigos de sus superiores, aun cuando su vocación religiosa era innegable.

Cierto día, fray Elías de Santa Teresa se enfermó gravemente. Un sacerdote lo ungió con los santos óleos y al poco rato el religioso murió. Sus compañeros, llorando y rezando, lo colocaron en un ataúd en la Sala de Profundis, lugar en donde se acostumbraba llevar a cabo los velorios.

El ex Convento del Carmen en Morelia

Al terminar la ceremonia velatoria el padre superior ordenó a fray Jacinto de Ángel y a fray Juan de la Cruz, que se quedasen en la sala acompañando al difunto, y les permitió que tomaran una taza con chocolate en el lugar. Pero como fray Juan tenía miedo de estar con el muerto, decidió ir a la cocina a traer sus espumosas bebidas.

Cuando su compañero se alejó, fray Jacinto sacó del ataúd al difunto y le sentó en la silla que había ocupado él mismo. En seguida, se metió al féretro simulando ser el muerto. Cuando regresó fray Juan con los jarros de chocolate, le dio una a fray Jacinto y se dio cuenta que se trataba del muerto. El pobre fraile, despavorido, salió gritando de la sala. El bromista corrió tras de él para evitar que los demás se dieran cuenta de la broma y que el padre superior lo corriera del convento cansado de sus travesuras. En ese momento, mientras se escuchaban los gritos de ¡Fray Juan, fray Juan regrese por favor! que fray Jacinto lanzaba, el verdadero muerto se levantó, tomó un candelero con un cirio encendido y se puso a correr detrás de los dos frailes. Al darse cuenta los religiosos de que eran perseguidos por un muerto, ambos se tiraron de la ventana. Pero antes de que fray Jacinto se pudiese  arrojar, el muerto le apagó el cirio en el cuello.

Al siguiente día, los hermanos del convento vieron sobre la ventana el cadáver de fray Elías de Santa Teresa con un candelero en la mano y…  ¡el cuerpo de fray Jacinto con la garganta completamente quemada!

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Leyendas Cortas Michoacán

¡Yo te bautizo con el nombre de Santa Teresa!

El Volcán de los Espinos se encuentra en el estado de Michoacán,  en el interior de su cráter tiene un lago, al cual se le suele llamar Alberca de los Espinos. Este remanso de agua cuenta con una leyenda muy antigua en la que se nos narra que en tiempos pasados el volcán estaba consagrado al dios del agua Tiripeme Curicaveri. A él acudían las mujeres indígenas para bañarse y lavar la ropa.

A la llegada de los españoles conquistadores, los frailes franciscanos emprendieron su tarea evangelizadora entre los indios purépecha, y mientras más adeptos ganaban para la religión católica, más enojado se ponía el Diablo. Estaba tan furioso en Chamuco que  cada vez que las mujeres acudían al cráter para cumplir con sus faenas agitaba el agua con tanta fuerza que el agua se salía de su cauce y se levantaban enormes olas que cubrían las paredes del cono volcánico.

Este hecho asustaba muchísimo a las mujeres que salían corriendo del cráter por temor a morir ahogadas. Y si volteaban la cabeza mientras iban huyendo, podían ver en medio del lago la cabeza extraordinariamente fea y maligna del Diablo. Sus cuernos eran enormes, su cara roja y sus carcajadas semejaban estruendosos truenos que ponían los pelos de punta.

La Alberca de los Espinos

Mucha de las indígenas murieron ahogadas por las maldades del siniestro personaje.

Tan desesperados estaban los purépechas que decidieron acudir a fray Jacobo Daciano, misionero danés que Carlos V Había enviado a la Nueva España, que vivía en Zacapu y era defensor de los indios. Cuando los escuchó el padre, y después de meditar lo que había que hacer, les comunicó a los solicitantes que era necesario bautizar el agua. El fraile preparó lo conveniente para la ceremonia, y el 15 de octubre de 1550 subió hasta lo alto del cerro. Las aguas verdosas estaban quietas, había sol y se escuchaba el suave rumor del viento. Fray Jacobo alzó la mano en la que portaba una cruz y dio inicio a la ceremonia del bautismo observado por todos los habitantes de la comunidad.

Cuando el fraile arrojó el agua bendita al cráter se levantó un gigantesco remolino acompañado de un fuerte viento. Inmediatamente el Diablo salió huyendo y maldiciendo al clérigo que se atrevía a sacarlo. Pero nada detuvo al santo varón, quien pronunció las siguientes palabras: ¡Yo te bautizo con el nombre de Santa Teresa!

Todo volvió a la normalidad, y desde entonces en la fecha mencionada se lleva a cabo una fiesta todos los años.

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Ciudad de México Leyendas Cortas Puebla

Dos Santos Niños legendarios

El Santo Niño de las Suertes: “Tú que estás lleno de benignidad y clemencia/ escúchame te lo ruego” (Oración)

Cuenta la leyenda que a principios del siglo XIX se les apareció a dos misioneros que vivían por el rumbo de Tlalpan, Distrito Federal, un bebé de escasos cuatro meses de edad. Al tomarlo en sus brazos se les convirtió en una escultura de gran belleza, de posición recostada, y con los bracitos apoyados sobre una calavera, en señal de su victoria sobre la muerte. En el mismo lugar donde apareció el Niño, brotó un manantial que llevó el nombre de Ojo del Niño.

Es sabido que cuando se va a visitar al Santo Niño de las Suertes al Convento de San Bernardo de monjas concepcionistas, donde vive, se le debe llevar un juguete, pues acostumbra por las noches bajarse de su nicho a jugar con sus obsequios. Sus regalos se multiplican el día de su fiesta el segundo domingo del mes de enero, cuando las monjas lo engalanan con esmero. Se le considera un Niño muy milagroso, siempre y cuando se le agasaje con juguetes.

El famoso Santo Niño de las Suertes

El Santo Niño Cieguito: “Niño cieguito, niño cieguito/¡Mi andarieguito!” (Oración)

La historia del Santo Niño Cieguito del Templo de la Capuchinas en la Puebla de los Ángeles data del siglo XVIII, cuando, durante una tormenta, un loco descreído, que se había introducido al templo con el propósito de robar,  arrebató al Niño Jesús de los brazos de su madre la Virgen María, que se encontraba por aquel entonces en el Convento de la Merced de Morelia, Michoacán. Enfurecido porque el Santo Niño empezó a llorar, el demente le arrancó los brazos y las piernas. Al observar que el Niño seguía llorando de pena por el ultraje y la miseria humana, furioso al escuchar el lastimero llanto, el loco le arrancó los ojos con un punzón.

Ya cegado,  abandonó al santo Niño en la cima del cerro de Punhuato, sito al poniente de la Ciudad de Morelia, entre espinosas breñas y animales ponzoñosos. Poco después, las autoridades apresaron al ladrón, quien confesó su crimen y señaló el lugar donde había abandonado al Niño. Éste fue en seguida rescatado y llevado a su convento de origen. Tiempo después se le trasladó a Puebla, donde empezó a realizar favores, cumplir peticiones, y obrar milagros. Y si no lo cree, vaya al Templo de las Capuchinas.

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El Señor de Araró

Araró es un pueblo del estado de Michoacán, situado en el Municipio de Zinapécuaro. Su nombre completo es San Buenaventura de las Aguas Calientes de Araró. Este poblado es famoso, además de por aguas termales, porque en él se encuentra la imagen del Señor de Araró, cuya fiesta patronal se celebra el segundo viernes de cuaresma y el jueves de ascensión, cuyas fechas son variables. La imagen es muy bella, hecha de tamaño natural y muy ligera, pues está elaborada con una pasta llamada tatzingueni: una mezcla de caña de maíz pulverizada a la que se agregan los bulbos de una orquídea conocida como tatziqui. Esta pasta fue empleada por los antiguos purépecha para labrar muchas de las imágenes de sus dioses originales.

En el siglo XVI, el obispo don Vasco de Quiroga, hizo que viniese a tierras michoacanas  don Matías de la Cerda, para que aprendiese a realizar imágenes con dicha pasta, desconocida en España. Uno de sus descendientes, Luis de la Cerda, antes de comenzar a trabajar la pasta con la que daría vida a sus esculturas, se confesaba y rezaba para que todo saliese con esperaba, pues se trataba de un hombre muy devoto.

Hasta la fecha, el Señor de Araró sigue siendo muy venerado y querido. Una leyenda nos cuenta que a finales del siglo XIX, una joven muy bella que vivía en la Ciudad de Guanajuato, contrajo una enfermedad misteriosa que le empezó a carcomer la nariz. La niña de nombre Consuelo, estaba próxima a casarse con el hijo de una de los más ricos mineros de la región. Ambos se amaban mucho; sin embargo cuando Diego, el prometido, vio que su novia se iba quedando sin nariz, empezó a alejarse de la desgraciada Consuelo.

El Milagroso Señor de Araró

Ni que decir tiene que los padres de la chica trajeron a todos los médicos famosos del estado de Guanajuato con el fin de que curaran a su pequeña. Pero todo fue inútil.

Un cierto día, la tía María le dijo a la madre de Consuelo que en Araró existía una imagen de Jesucristo crucificado que era muy milagrosa, que llevase a la joven para que le pidiese un milagro que la salvara de su tragedia. Decidida, la familia emprendió el viaje al santuario de Araró. Al llegar Consuelo se postró inmediatamente ante el Cristo, y le pidió con toda la fuerza que le dio su dolor que la curarse. Así pasó una semana. Regresaron a Guanajuato. Pasó otra semana más y Consuelo empezó a notar que su nariz se curaba y ahí donde había llagas brotaba carne nueva y sana.

Al mes, estaba completamente curada y Consuelo pudo casarse con Diego, quien vivió siempre agradecido al milagroso Señor de Araró. Desde entonces nunca faltaron a las misas de celebración del Cristo, y siempre se cuidaron de ayudar a los necesitados.

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